sábado, 27 de junio de 2026 11:04

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Opinión

San Juan y San Pedro

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Por: José Julián Ñáñez Rodríguez – director del Doctorado en Ciencias de la Educación de la UT y Alejandra Barrios Rivera – magíster en Educación.

Antes de que existiera San Juan Bautista en el calendario cristiano, los pueblos del hemisferio norte ya celebraban el solsticio de verano con fuego, danza y rituales de purificación. Los celtas encendían hogueras en honor al dios Belenos; los griegos celebraban el solsticio con festividades dedicadas a Apolo; los pueblos germánicos y escandinavos marcaban ese momento del año como un umbral entre lo cotidiano y lo sagrado. Eliade (1998) señaló que todas las sociedades tradicionales han conocido alguna forma de tiempo sagrado, un momento en que el tiempo ordinario se interrumpe y la comunidad se reconoce a sí misma a través del rito. El solsticio de verano fue durante siglos ese momento para buena parte de la humanidad.

Cuando el cristianismo se expandió por Europa no pudo erradicar esas tradiciones y optó por resignificarlas. El nacimiento de Juan el Bautista fue fijado el 24 de junio, seis meses antes de la Navidad, y San Agustín ofreció una interpretación que le daba coherencia cósmica: Juan nace cuando la luz empieza a decrecer; Cristo, cuando los días vuelven a crecer. Así, las hogueras que antes celebraban el poder del sol se convirtieron en el fuego que anuncia al precursor. El proceso no fue de sustitución sino de superposición; las capas se acumularon sin que las más antiguas desaparecieran del todo, y lo que quedó fue una celebración profundamente sincrética que viajó con los conquistadores españoles a América.

En 1790, por orden del gobernador de la provincia, se celebró por primera vez en lo que hoy es el Huila el festival en honor a San Juan Bautista como muestra de obediencia al rey de España. Pero en los territorios que hoy son Tolima y Huila las comunidades indígenas ya tenían sus propios rituales relacionados con los ciclos agrícolas y la naturaleza en esa época del año. Tovar Zambrano (2010) documentó que esos pueblos celebraban el solsticio de verano con rituales relacionados con elementos de la naturaleza mucho antes de que llegara la figura del santo; de manera que lo que ocurrió no fue simplemente una imposición sino una nueva superposición de sentidos. Las fiestas de junio absorbieron elementos indígenas, españoles y afrodescendientes hasta convertirse en algo que no era ninguno de los tres por separado sino una expresión cultural propia que incorpora sin borrar, que produce algo nuevo desde el encuentro de tradiciones distintas (García Canclini, 2023). Dentro de ese marco se celebran tanto a San Juan el 24 de junio, el precursor que anuncia la llegada de Cristo, como a San Pedro el 29 del mismo mes, el apóstol sobre quien Cristo fundó la Iglesia y a quien entregó las llaves del reino; dos figuras distintas que la tradición popular del Tolima y el Huila ha sabido honrar cada una con su propio sentido dentro del Festival Folclórico, Reinado Nacional del Bambuco y Muestra Internacional del Folclor, declarado Patrimonio Cultural de la Nación mediante la Ley 1026 de 2006. En ese espacio el bambuco, el sanjuanero, la rajaleña, las cabalgatas y los desfiles se convierten en la expresión más viva de la cultura opita. Vale la pena recordar además que las fiestas de Ibagué tienen un origen que va más allá de lo festivo; Adriano Tribin Piedrahita las fundó en plena época de la Violencia como un espacio deliberado de paz, la fiesta como antídoto al conflicto, como construcción de comunidad cuando la comunidad estaba siendo destruida.

Lo que ocurre cada junio en Ibagué y Neiva no es una rareza local sino la expresión colombiana de algo que distintas culturas han celebrado con variaciones notables pero con un espíritu compartido. El Midsommar escandinavo celebra el solsticio con flores y danza alrededor de un mástil; las fiestas juninas de Brasil llenan los pueblos del nordeste con forró, cuadrillas y hogueras; las tradiciones eslavas de Iván Kupala conservan el ritual del fuego y el agua como elementos de purificación; en Perú el 24 de junio convoca baños rituales en ríos para atraer salud y prosperidad; en España las hogueras de Alicante son Fiesta de Interés Turístico Internacional. Lo que une todas esas celebraciones no es el nombre del santo sino algo más elemental: el fuego como símbolo de renovación, el encuentro colectivo como forma de marcar el tiempo, la fiesta como afirmación de que hay algo que merece ser celebrado.

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Lo que pocas veces nos preguntamos en medio de la fiesta es qué estamos celebrando exactamente. Para muchos el 24 de junio es vacaciones, aguardiente y cabalgata; para otros es devoción sincera a un santo; para otros es simplemente lo que siempre se ha hecho en junio. Ninguna de esas respuestas está equivocada, pero todas ellas juntas revelan algo que Eliade (1998) señaló sobre los rituales que envejecen: que pueden mantener la forma mucho después de que el sentido original se haya diluido. El turismo cultural produce con frecuencia efectos de mercantilización y banalización de la cultura, convirtiendo expresiones vivas en espectáculos diseñados para ser consumidos desde afuera, donde la comunidad que las habita pasa a ser decorado antes que protagonista (Viana-Ruíz y Alzate, 2024). Las fiestas de San Juan y San Pedro no están exentas de esa tensión; el mismo festival que nació como gesto de paz en medio de la Violencia puede terminar siendo un producto turístico más si quienes lo habitan dejan de preguntarse por qué se reúnen, qué recuerdan y qué quieren que no se olvide.

Referencias

Eliade, M. (1998). Lo sagrado y lo profano. Paídós. (Obra original publicada en 1956)

García Canclini, N. (2023). Culturas híbridas y estrategias de negociación. Siglo XXI Editores.

Ley 1026 de 2006. Por la cual se declaran como Patrimonio Cultural de la Nación el Festival Folclórico, Reinado Nacional del Bambuco y Muestra Internacional del Folclor. Congreso de Colombia.

Tovar Zambrano, B. (2010). Diversión, devoción y deseo: La historia de las fiestas de San Juan. La Carreta Editores.

Viana-Ruíz, L. R., & Alzate, A. A. (2024). Ecología de medios y construcción de la memoria colectiva: el papel del turismo cultural en la era digital. Palabra Clave, 27(1), e2715. https://doi.org/10.5294/pacla.2024.27.1.5