Opinión
El fútbol a sol, sombra y mercado
Por: José Julián Ñáñez Rodríguez – director del Doctorado en Ciencias de la Educación de la UT y Alejandra Barrios Rivera – magíster en Educación.
«El fútbol es la única religión sin ateos; y me consta que también la profesan, en secreto, a escondidas, cuando nadie los ve» (Galeano, 1995, p. 58). La imagen que esa frase convoca no es la del estadio con pantallas gigantes y camisetas de cien dólares; es la de unos niños en una cancha de tierra, con arcos improvisados y un balón que puede ser cualquier cosa redonda. El fútbol nació como rito de pertenencia, como el espacio donde una comunidad se reconocía a sí misma y celebraba sus vínculos sin que nadie cobrara entrada ni vendiera derechos de transmisión.
En América Latina el fútbol es un espacio privilegiado de construcción de identidades colectivas. De acuerdo con Alabarces (2002) el fútbol funcionó durante décadas como una de las pocas narrativas capaces de convocar a comunidades enteras alrededor de algo compartido, de producir un nosotros que trascendía las diferencias de clase, de barrio y de origen. Aunque el fútbol nunca estuvo completamente al margen de intereses económicos y políticos, la intensidad de la lógica comercial contemporánea ha modificado profundamente su relación con las comunidades que le dieron origen.
A partir de cierto momento la lógica que organizó el fútbol dejó de ser la del encuentro y pasó a ser la del capital. Debord (1999) argumentó que el capitalismo no solo produce mercancías sino representaciones; que la experiencia directa tiende a ser reemplazada por su imagen consumible. El fútbol ilustra esa transformación, el juego que nació como participación se convierte en espectáculo para ser observado, el hincha que antes era parte del rito ahora paga por verlo desde una pantalla, y la comunidad que se reconocía en sus colores recibe a cambio una experiencia de consumo administrada por algoritmos y patrocinadores. Hoy no basta con ser buen jugador; hay que tener línea de ropa, perfume, academia de formación con franquicia internacional y presencia en redes sociales con millones de seguidores.
La camiseta que antes identificaba a una comunidad con su equipo se convierte en objeto de colección que puede costar varios salarios mínimos, y la fiebre no es ya por el gol sino por tener los zapatos de edición limitada antes que el vecino. En Colombia, los torneos barriales que durante décadas organizaron la vida deportiva de los barrios populares han ido desapareciendo mientras los precios de las boletas para ver al equipo local se vuelven inalcanzables para las mismas familias que históricamente llenaron las tribunas.

Al respecto, Smith et al. (2026) confirmaron que esa tensión sigue siendo real y activa en el fútbol contemporáneo; los hinchas perciben que los clubes priorizan los ingresos por encima de su identidad cultural y su vínculo con la comunidad local, deteriorando precisamente el tipo de cohesión que el fútbol originalmente producía. Por su parte, Petersen-Wagner y Lee (2025) mostraron que en las plataformas digitales donde el fútbol corporativo intenta capturar la atención de los hinchas, estos desarrollan formas activas de resistencia frente al contenido de marca, reproduciendo en el entorno digital las mismas prácticas que históricamente han caracterizado al fútbol popular. Esa resistencia no es nostalgia ni rechazo a la modernidad; es la señal de que algo del rito original todavía sobrevive y sabe reconocerse cuando lo amenazan.
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Sin embargo, las resistencias a esa lógica no provienen únicamente de los aficionados; también emergen desde el interior mismo del fútbol profesional. Marcelo Bielsa, el entrenador argentino cuya filosofía del juego ha sido estudiada en universidades europeas, se negó públicamente a someterse a los protocolos estéticos y de mercadotecnia de la FIFA durante el Mundial, declarando que no era un maniquí. Ese gesto pequeño dice algo importante: que dentro del fútbol profesional hay quienes todavía distinguen entre el juego y el negocio, entre lo que el fútbol es y lo que el sistema quiere hacer con él.
El problema nunca fue el fútbol sino la lógica que lo administra. La pregunta es cuánto tiempo más podrá sobrevivir esa fiesta popular si cada rincón del juego continúa siendo convertido en mercancía. Quizás el gesto más honesto que podemos hacer como aficionados es recordar que el fútbol no nos necesita con la camiseta de última colección ni con los zapatos de edición limitada; nos necesita presentes, con la misma disposición con la que un niño sale a una cancha de tierra a inventarse una jugada sin que nadie se la haya enseñado. Disfrutar el fútbol sin que el mercado decida cómo, cuándo y con qué precio es también una forma de evidenciar lo que Galeano vio en él, una fiesta popular.
Referencias
Alabarces, P. (2002). Fútbol y patria: El fútbol y las narrativas de la nación en la Argentina. Prometeo.
Debord, G. (1999). La sociedad del espectáculo. Pre-Textos. (Obra original publicada en 1967)
Galeano, E. (1995). El fútbol a sol y sombra. Siglo XXI Editores.
Petersen-Wagner, R., & Lee Ludvigsen, J. A. (2025). The platformisation of consumer culture in and through football: Resisting commodification? Consumption Markets & Culture, 28(3), 198–219. https://doi.org/10.1080/10253866.2025.2555267
Smith, L., Turner, J., & Ludvigsen, J. (2026). Football clubs as identity leaders: Communication and club action on fan-club relationships. Journal of Community & Applied Social Psychology. https://doi.org/10.1002/casp.70247
