sábado, 1 de agosto de 2026 11:04

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Opinión

Cometas para no olvidar

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Por: José Julián Ñáñez Rodríguez – director del Doctorado en Ciencias de la Educación de la UT y Alejandra Barrios Rivera – magíster en Educación.

Cada agosto, en los parques de cualquier ciudad colombiana donde el viento lo permita, niños y adultos repiten sin saberlo un gesto de más de dos mil años; alzar algo al cielo y sostenerlo desde abajo con un hilo. La cometa no es solo un juguete; es uno de los pocos objetos que sigue convocando a generaciones distintas alrededor de una misma experiencia sin que nadie haya tenido que organizarlo, sin aplicación, sin pantalla, sin instrucción previa.

El origen de ese gesto está en China, durante la Dinastía Chunqiu, hacia el 453 a. C., cuando un artesano llamado Muo Di construyó un artefacto que imitaba el vuelo de un halcón. Desde entonces la cometa pasó de tener usos militares y rituales a convertirse en un objeto de celebración colectiva. Lo que viajó de China al resto del mundo no fue solo una técnica; fue también una forma de construir algo con las manos, entregárselo al viento y soltar el control justo lo suficiente para que vuele.

Que agosto sea el mes de las cometas en Colombia no es arbitrario. Los vientos que predominan entre finales de julio y mediados de septiembre hicieron del vuelo de cometas una práctica estacional, y esa relación entre el calendario natural y el cultural explica la permanencia del Festival del Viento y las Cometas de Villa de Leyva desde 1975. No se trata simplemente de un evento turístico; responde a unas condiciones del territorio que, cada año, vuelven posible la reunión de familias y comunidades alrededor de una misma práctica.

Lo que ocurre cada agosto en Villa de Leyva no es una rareza local. En Gujarat, India, el festival Uttarayan convoca cada enero a participantes de decenas de países para celebrar el cambio de estación con cometas que llenan el cielo desde el amanecer hasta la noche. En Weifang, China, considerada la capital mundial de la cometa, el festival internacional reúne anualmente a representantes de más de cincuenta países. En Sumpango, Guatemala, las cometas gigantes del Día de los Muertos se elevan como mensajeras entre el mundo de los vivos y el de los muertos; quienes las vuelan envían plegarias escritas en papel hacia sus dioses. Lo que une todas esas celebraciones no es el objeto sino el gesto; algo que se construye con las manos, depende del viento y convoca a la comunidad alrededor de una experiencia que ninguna tecnología ha reemplazado.

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Lo que une todas esas celebraciones no es el objeto sino el gesto; algo que se construye con las manos, depende del viento y convoca a la comunidad alrededor de una experiencia que ninguna tecnología ha reemplazado. Ese tipo de prácticas colectivas fortalece los vínculos sociales y el sentido de pertenencia que surge de compartir un mismo ritual (Rincón-Unigarro et al., 2025). En esa misma dirección, Dang (2021) sostiene que el patrimonio cultural inmaterial no reside únicamente en el objeto, sino en las prácticas comunitarias que lo mantienen vivo; cuando esos vínculos se debilitan, la tradición puede conservar su forma exterior mientras pierde parte de su significado.

Dang (2021) sostiene que el patrimonio cultural inmaterial no reside únicamente en el objeto, sino en las prácticas comunitarias que lo mantienen vivo; cuando esos vínculos se debilitan, la tradición puede conservar su forma exterior mientras pierde parte de su significado.

La cometa solo vuela si está atada; sin el hilo cae, con demasiado hilo no sube. Esa tensión entre el impulso de escapar y la resistencia que la sostiene es su principio físico y también una imagen elocuente de la libertad. Lo que sí se está perdiendo es otra cosa. Hace aproximadamente quince años, cuando llegaron masivamente las cometas de producción industrial, la cometa artesanal hecha en casa con guadua, papel milano y cola de trapo fue desapareciendo. Muchos cometeros veteranos señalan que lo más valioso no era elevarla sino construirla con los hijos y los nietos; el proceso era parte del ritual tanto como el vuelo. Cuando se compra en lugar de construir, lo que se pierde no es solo el material sino el tiempo compartido en torno a algo que se hace con las manos.

Finalmente, como señaló Eliade (1998) el tiempo sagrado interrumpe la continuidad de la vida cotidiana y permite que la comunidad se reconozca a sí misma a través del rito. Agosto y sus cometas pueden comprenderse como una expresión contemporánea de esa experiencia; durante unas semanas del año, un gesto tan simple como sostener un hilo vuelve a reunir a personas de distintas edades alrededor de una práctica compartida. Que ese gesto sobreviva dice algo sobre su profundidad; que cada vez sea menos frecuente construir la cometa juntos dice algo sobre las formas en que también cambian nuestros rituales.

Referencias

Dang, T. P. A. (2021). Kite flying as intangible cultural heritage in Vietnam: Embodied in the community or appropriating culture? En J. Gillen, L. C. Kelley, & P. Le Ha (Eds.), Vietnam at the vanguard (pp. 153–170). Springer. https://doi.org/10.1007/978-981-16-5055-0_9

Eliade, M. (1998). Lo sagrado y lo profano. Paidós. (Obra original publicada en 1956).

Rincón-Unigarro, C., da Costa-Dutra, S., Cisneros-Rodríguez, M. J., Díaz-Fuentes, L., Giraldo-Castillo, N., Murcia-Infante, A., Páez, D., Vargas-López, M., & Vásquez-Velásquez, S. (2025). Ritual’s collective effervescence, awe, and social identity: Psychosocial effects of the Pasto carnival. Frontiers in Psychology. https://doi.org/10.3389/fpsyg.2025.1566499

Aviso: Las opiniones en esta columna pertenecen exclusivamente al autor y no comprometen el pensamiento editorial de Enfoque TeVé 360. Abrimos este espacio como un ejercicio de libre expresión y pluralidad.