sábado, 8 de agosto de 2026 13:00

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Opinión

El mandato de la felicidad

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Por: José Julián Ñáñez Rodríguez – director del Doctorado en Ciencias de la Educación de la UT y Alejandra Barrios Rivera – magíster en Educación.

La felicidad dejó de ser una posibilidad para convertirse en una obligación. Ya no se trata de si uno es feliz sino de por qué no lo es, qué está haciendo mal, qué actitud le falta o qué hábito no ha incorporado todavía. Esa transformación no ocurrió de manera espontánea; tiene una historia, una industria y una arquitectura conceptual que vale la pena examinar.

La psicología positiva nació con la intención de estudiar aquello que permite florecer al ser humano, no solo aquello que lo enferma. Esa apuesta no era en sí misma equivocada. El problema, como muestran Cabanas e Illouz (2019) en Happycracia, es que parte de ese discurso fue incorporándose progresivamente a modelos empresariales y formas de gestión que presentan la felicidad principalmente como resultado de la responsabilidad individual. El resultado es lo que los autores denominan meritocracia emocional; la convicción de que quien no es feliz no ha trabajado suficientemente sobre sí mismo, que el malestar es un déficit de gestión personal antes que una respuesta a condiciones que también podrían merecer ser transformadas. Esa lógica no solo resulta filosóficamente discutible; también puede favorecer formas de organización social donde la atención se desplaza de las condiciones que producen el malestar hacia la obligación individual de administrarlo.

En su expresión más cotidiana, ese mandato adopta la forma del positivismo tóxico; la tendencia a imponer una actitud positiva ante cualquier circunstancia, invalidando las emociones difíciles en lugar de reconocerlas (Sonia, 2025). Frases como todo pasa por algo, enfócate en lo bueno o no te quejes porque otros están peor condensan esa lógica. En las redes sociales el fenómeno adquiere otra dimensión; la positividad se convierte con frecuencia en una forma de gestionar la propia imagen, favoreciendo procesos de comparación social y de autopresentación idealizada que terminan intensificando el malestar que pretendían reducir (Salopek & Eastin, 2024). Lo que circula no siempre es bienestar; con frecuencia circula su representación.

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La tristeza señala una pérdida; la ira puede señalar una injusticia; el miedo puede advertir un peligro. Negarlas no las elimina sino que las desplaza, y ese desplazamiento tiene consecuencias sobre la salud mental. La supresión sistemática de emociones difíciles suele asociarse con un mayor agotamiento emocional, mayores dificultades para afrontar experiencias adversas y una menor capacidad para construir vínculos auténticos (Wyatt, 2024). Una sociedad que no puede nombrar lo que le duele difícilmente podrá transformarlo; solo aprenderá a sonreír mientras lo carga.

En Colombia, donde décadas de violencia, desigualdad e impunidad han dejado heridas que no desaparecen por decisión de quien las vive, el mandato de la felicidad adquiere una dimensión adicional. Existe una diferencia entre la resiliencia, que reconoce el dolor y busca integrarlo, y el positivismo obligatorio, que lo silencia para seguir funcionando. Esa diferencia no es menor; determina si una sociedad procesa sus heridas o simplemente las oculta bajo el imperativo de mantener una actitud positiva.

Quizá lo más honesto sea devolver a las emociones difíciles su condición de información antes que de patología. No como una invitación al pesimismo, sino como el reconocimiento de que sentirse mal frente a determinadas circunstancias no constituye un fracaso personal; puede ser la señal de que algo merece atención. Una sociedad que aprende a nombrar lo que le duele tiene más posibilidades de transformarlo que una que aprende a ocultarlo detrás de una sonrisa.

Referencias

Cabanas, E., & Illouz, E. (2019). Happycracia: Cómo la ciencia y la industria de la felicidad controlan nuestras vidas. Paidós.

Salopek, A. H., & Eastin, M. S. (2024). Toxic positivity intentions: An image management approach to upward social comparison and false self-presentation. Journal of Computer-Mediated Communication, 29(3). https://doi.org/10.1093/jcmc/zmae003

Sonia. (2025). The dark side of positivity: How toxic positivity contributes to emotional suppression and mental health struggles. International Journal of Indian Psychology, 13(2), 1155–1163. https://doi.org/10.25215/1302.104

Wyatt, Z. (2024). The dark side of #PositiveVibes: Understanding toxic positivity in modern culture. Psychiatry & Behavioral Health, 3(1), 1–6.

Aviso: Las opiniones en esta columna pertenecen exclusivamente al autor y no comprometen el pensamiento editorial de Enfoque TeVé 360. Abrimos este espacio como un ejercicio de libre expresión y pluralidad.