Opinión
La fragilidad como condición humana
Por: José Julián Ñáñez Rodríguez – director del Doctorado en Ciencias de la Educación de la UT y Alejandra Barrios Rivera – magíster en Educación.
Hay una experiencia que atraviesa toda vida; sentir que el cuerpo, el tiempo o los vínculos se sostienen sobre un equilibrio que no depende enteramente de nosotros. Una enfermedad que llega sin aviso, una pérdida que se adelanta al calendario esperado, un afecto que se rompe sin explicación suficiente; todos estos episodios comparten una misma estructura, la de recordarnos que la vida transcurre sobre un suelo que nunca terminamos de controlar.
Esta idea tiene una genealogía precisa en la filosofía contemporánea. Ser finito no es estar mal hecho, según muestra Ricoeur (1969) al situar la finitud no en el terreno del error sino en la estructura misma de un ser que solo puede conocer, querer y sentir desde una perspectiva limitada. La culpa, en esa lectura, no es consecuencia mecánica de la finitud, sino una posibilidad que esta misma abre; distinción que separa lo trágico de lo simplemente defectuoso.

Esa distinción importa porque la cultura contemporánea tiende a tratar la fragilidad como una falla de diseño, algo que la voluntad, la tecnología o la disciplina personal deberían poder corregir. Bajo esa lógica, envejecer se vuelve un descuido, enfermar una negligencia y llorar una pérdida durante más tiempo del esperado empieza a parecer un fracaso de gestión emocional antes que una experiencia legítima.
Le puede interesar: El mandato de la felicidad
Al respecto, Han (2020) describe sociedades del rendimiento que expulsan la finitud de su horizonte simbólico y sustituyen los rituales de duelo por la aceleración productiva. El resultado no es una sociedad más fuerte sino una acumulación de sujetos exhaustos que no encuentran dónde depositar aquello que no logran resolver y que terminan por vivir la propia fatiga como una culpa adicional.
La fragilidad, sin embargo, no es un asunto que cada quien resuelva a solas. Es también una condición relacional, una forma de vulnerabilidad que nos hace depender, desde el nacimiento, de vínculos que no elegimos (Butler, 2010). Tratarla como un problema privado, algo que se supera con voluntad o se oculta por pudor, olvida que ninguna vida se sostiene sin el sostén de otras.
Esa dependencia compartida, sin embargo, no se reconoce ni se distribuye de manera uniforme. Hay pérdidas que la comunidad tramita con rituales visibles y otras que atraviesan la vida de las personas en un silencio casi absoluto, sin lenguaje disponible para nombrarlas. La diferencia no está en la intensidad del dolor sino en los marcos culturales que deciden qué fragilidad merece reconocimiento y cuál debe ocultarse.
Admitir la fragilidad no significa resignarse; implica redefinir lo que entendemos por fuerza, cuidado y error. Si el fracaso, la enfermedad o el duelo dejan de leerse como fallas individuales y empiezan a leerse como parte constitutiva de toda vida, cambia también lo que esperamos de los demás y de nosotros mismos. Pedir ayuda deja de ser una carencia y el cuidado deja de ser un favor extraordinario para convertirse en aquello que sostiene, desde el principio, cualquier existencia.
Referencias
Butler, J. (2010). Marcos de guerra: Las vidas lloradas. Paidós.
Han, B.-C. (2020). La desaparición de los rituales: Una topología del presente. Herder.
Ricoeur, P. (1969). Finitud y culpabilidad (C. Sánchez Gil, Trad.). Taurus.
Aviso: Las opiniones en esta columna pertenecen exclusivamente al autor y no comprometen el pensamiento editorial de Enfoque TeVé 360. Abrimos este espacio como un ejercicio de libre expresión y pluralidad.
