Opinión
Los rostros de la envidia
Por: José Julián Ñáñez Rodríguez – director del Doctorado en Ciencias de la Educación de la UT y Alejandra Barrios Rivera – magíster en Educación.
La palabra envidia viene del latín invidere, compuesto de in y videre; meter la mirada dentro, ver con hostilidad, lanzar el ojo hacia lo que el otro tiene. Los romanos la asociaban al mal de ojo y los griegos la nombraban phthónos, el dolor que produce ver la buena fortuna ajena.
Desde el siglo III a.C, Hesíodo ya había advertido que la envidia nace entre quienes comparten un mismo horizonte de vida. En Los Trabajos y Los días escribió: «el alfarero envidia al alfarero, el carpintero al carpintero, el mendigo al mendigo y el aedo al aedo» (Hesíodo, 2015). La envidia no surge entre quienes habitan mundos completamente distintos, sino entre quienes perciben que el otro alcanzó aquello que también parecía estar a su alcance.
Aristóteles retomó esa intuición en la Retórica, pero fue un paso más allá al distinguir dos maneras de reaccionar ante la fortuna ajena; el phthónos, el dolor ante la buena fortuna del otro independientemente de si la merece, y la némesis, la indignación frente a la fortuna inmerecida (Aristóteles, 2002). La primera es una pasión propia de un carácter defectuoso; la segunda, una reacción de quien conserva el sentido de la justicia. La distinción sigue siendo útil; lo que sí ha cambiado son las formas sociales en las que esa emoción aparece, circula y se intensifica.
Por su parte, Nietzsche (2011) profundizó esa intuición al mostrar que el resentimiento, primo cercano de la envidia, no es simplemente una debilidad individual, sino un mecanismo psicológico que encuentra un terreno fértil en sociedades donde la movilidad social resulta prácticamente imposible. Cuando no se puede aspirar a lo que el otro tiene, se construye un sistema de valores que desprecia precisamente aquello que no se puede alcanzar. La envidia, leída desde esa perspectiva, no habla solo de quien envidia; también habla de las condiciones que hacen que ciertos bienes parezcan sistemáticamente inalcanzables para unos y no para otros.
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Las plataformas digitales convirtieron esa comparación en una práctica permanente y masiva. Instagram, TikTok y sus equivalentes funcionan como escaparates de vidas cuidadosamente editadas. Allí no se exhibe la experiencia cotidiana, sino una versión seleccionada de ella: viajes, cuerpos, logros y estilos de vida que pocos poseen, pero que el algoritmo coloca de manera constante frente a millones de personas. Montes y DeAndrea (2025) mostraron que la exposición a publicaciones que generan envidia puede tanto inspirar como deprimir al espectador, dependiendo del tipo de envidia que activen; la envidia benigna motiva la superación, mientras la maligna produce hostilidad y resentimiento sostenido. Yan et al. (2025) confirmaron que la exposición visual a la riqueza ajena en redes sociales intensifica la privación relativa y se asocia con efectos negativos que van desde la baja autoestima hasta el malestar psicológico. La envidia contemporánea no surge espontáneamente; es una respuesta predecible a un entorno diseñado para producir una comparación constante entre lo que se tiene y lo que se exhibe.

En Colombia, sin embargo, esa comparación se desarrolla sobre un escenario distinto. La desigualdad no es solo económica, sino también simbólica; el acceso a la educación, a la salud y a la movilidad social continúa estando profundamente condicionado por el lugar donde se nació. Esa fractura estructural convierte la comparación social en algo más que un malestar individual; la vuelve una manifestación de la distancia entre lo que el sistema promete y lo que realmente ofrece. No envidiamos aquello que está completamente fuera de nuestro horizonte; envidiamos lo que percibimos como posible, pero vedado, aquello que alguien de nuestra misma generación, de nuestro mismo barrio o de una condición semejante consiguió alcanzar y nosotros no. En un país donde la riqueza y la pobreza conviven con tanta proximidad, y donde esa diferencia se hace visible tanto en el espacio cotidiano como en las pantallas, la envidia no puede entenderse únicamente como un defecto individual; también constituye una señal de que algo en la distribución de las oportunidades no está funcionando.
Antes de condenar la envidia, quizá habría que preguntarse qué revela sobre la sociedad que hemos construido. Una emoción tan antigua y universal no se comprende reduciéndola a un problema moral; exige preguntarse quién envidia a quién, qué envidia exactamente y motivado por qué referentes. Porque no envidiamos en el vacío; envidiamos cuerpos, estilos de vida, logros y experiencias que la industria, el mercado y las redes sociales han convertido en el parámetro de lo deseable. La pregunta, entonces, no es solo por qué envidiamos sino quién decide qué merece ser envidiado. Comprender la envidia quizá no consista en apartar la mirada del otro, sino en dirigirla hacia las condiciones sociales que convierten la comparación en una experiencia cotidiana.
Referencias
Aristóteles. (2002). Retórica (Q. Racionero, Trad.). Gredos. (Obra original del siglo IV a.C.)
Hesíodo. (2015). Trabajos y días (A. Pérez Jiménez y A. Martínez Díez, Trads.). Gredos. (Obra original del siglo VIII a.C.)
Montes, E., & DeAndrea, D. (2025). Envy inducing social media posts can uplift and deflate viewers: A replication. Communication Research Reports. https://doi.org/10.1080/08824096.2025.2455692
Nietzsche, F. (2011). La genealogía de la moral. Alianza Editorial. (Obra original publicada en 1887)
Yan, L., Zheng, X., & Peng, L. (2025). They shouldn’t be richer than me: How visual wealth exposure on social media increases relative deprivation. Journal of Consumer Psychology. https://doi.org/10.1002/jcpy.1432
