Opinión
«La doble moral de quienes se creen dueños de la moral»
Por: Henry Arvey Torres Pinilla, jurista, líder social y analista político
«Cuando la moral se convierte en arma política»
«No es inmoral defender derechos; inmoral es defender discursos que justifican la violencia mientras se señala a quienes piensan diferente.»
En tiempos de polarización política se ha vuelto costumbre reemplazar los argumentos por los señalamientos. Cuando no pueden derrotar una idea, intentan destruir a quien la expresa. Y precisamente eso es lo que estamos viendo en la campaña de desprestigio contra Abelardo de la Espriella.
Desde hace semanas, algunos sectores políticos intentan convencer al país de que un abogado penalista que ha ejercido la defensa de personas acusadas o condenadas por delitos graves no tiene autoridad moral para aspirar a la Presidencia de la República. Según esa lógica, defender a un procesado sería suficiente para convertir al abogado en cómplice de sus actos.
Nada más peligroso para una democracia que esa forma de pensar.
Como abogado, debo recordar una verdad elemental: el derecho a la defensa no es una concesión del Estado ni un favor de los jueces. Es una garantía fundamental de cualquier sociedad civilizada. Si mañana aceptamos que un ciudadano puede ser condenado sin defensa porque el delito que se le atribuye nos genera indignación, habremos comenzado a destruir el Estado de Derecho.
Un abogado no es responsable de los delitos de sus clientes. De la misma manera que un médico no es responsable de las heridas de su paciente.
La diferencia entre ambas profesiones existe, por supuesto. El médico protege la vida y la salud; el abogado protege las garantías procesales y los derechos fundamentales. Pero ninguna de las dos profesiones puede ser utilizada para descalificar moralmente a quien la ejerce dentro de la ley.
Lo verdaderamente interesante es observar quiénes hacen hoy esos cuestionamientos.
Los mismos sectores que hablan de moral para atacar a un abogado guardan un silencio absoluto frente a quienes históricamente han justificado la violencia política.
Hablan de defender la vida mientras reciben apoyo político de organizaciones y sectores que durante décadas sembraron muerte en vastas regiones del país.
Hablan de ambientalismo mientras guardan silencio frente a la devastación ambiental causada por la minería ilegal, la deforestación masiva y los cultivos ilícitos que destruyen miles de hectáreas de bosques y fuentes hídricas.
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Hablan de derechos humanos mientras justifican bloqueos violentos, ataques a la Fuerza Pública, destrucción de infraestructura pública, incendios de bienes privados y agresiones contra quienes piensan diferente.
Hablan de tolerancia mientras buscan silenciar, cancelar y estigmatizar a todo aquel que no comparte su visión ideológica.
Esa es la verdadera discusión de fondo.
Porque el problema no es que un abogado haya defendido a personas cuestionadas. El problema para algunos es que ese abogado hoy piensa diferente a ellos y tiene opciones reales de llegar al poder.

La democracia exige coherencia.
Si defender jurídicamente a una persona investigada convierte automáticamente a un abogado en cómplice de sus delitos, entonces quienes han respaldado política o ideológicamente a organizaciones responsables de miles de víctimas deberían someterse al mismo juicio moral que pretenden imponer a los demás.
Pero curiosamente esa vara nunca mide para ambos lados.
Por eso el debate no debe centrarse en los clientes que tuvo un abogado durante el ejercicio legítimo de su profesión. Debe centrarse en las propuestas que presenta para el país, en su visión de Estado, en su capacidad de liderazgo, en sus resultados y en su compromiso con la legalidad.
Las profesiones tienen una ética propia. Los seres humanos tienen una moral personal. Confundir ambas cosas es un error intelectual y político.
Un abogado no se convierte en delincuente por ejercer la defensa.
Un médico no se convierte en criminal por salvar una vida.
Y un candidato presidencial no debería ser juzgado por cumplir una función legalmente reconocida, sino por la coherencia entre lo que dice, lo que hace y el país que propone construir.
Porque al final, la mayor amenaza para una democracia no son quienes ejercen su profesión dentro de la ley.
La mayor amenaza son quienes pretenden monopolizar la moral mientras aplican principios distintos según quién esté sentado en el banquillo de los acusados.
Ya basta de discursos vacíos y moralismo de escritorio! >
Colombia no se recupera con palabras bonitas ni con pantallas de humo ideológicas; se recupera con firmeza, pantalones y resultados. Mientras los de siempre se dedican a señalar desde la comodidad de la coherencia selectiva, nosotros elegimos el camino de la acción.
Este 2️⃣1️⃣de junio, el país tiene una cita con el verdadero cambio. Es hora de votar por la propuesta de Abelardo de la Espriella, «El Tigre»🐅 Presidente.
Un proyecto que se defiende con las botas puestas en el territorio, de cara a la gente, con una política social y transparente.
¡Es hora de resultados, no de excusas! Vota con valores, principios y coraje.
