Opinión
Abelardo de la Espriella vs. Abelardo de la Espriella: El candidato de las mil versiones
Por: Santiago Núñez Castañeda
No soy político. No pertenezco a la derecha ni a la izquierda. No escribo desde una camiseta partidista ni desde el fanatismo que tantas veces convierte la discusión pública en una pelea de barras; es más, normalmente escribo solo de deporte. Pero como ciudadano, como colombiano y como alguien que observa la realidad del país, creo que hay momentos en los que guardar silencio también es una forma de irresponsabilidad.
La política, especialmente cuando se disputa la Presidencia de la República, exige algo básico: coherencia. Las ideas pueden cambiar, las personas pueden evolucionar, los seres humanos pueden transformar sus pensamientos con el paso de los años. Eso es completamente válido. El problema aparece cuando los cambios parecen responder más a la conveniencia del momento electoral que a una verdadera evolución personal.
Y ahí aparece una pregunta incómoda: ¿cuál de todos los Abelardo de la Espriella estamos viendo?
El candidato actual se presenta como un hombre de principios firmes, defensor de la fe, de la familia, de los animales y de la seguridad. Sin embargo, al revisar algunas de sus propias declaraciones del pasado, aparecen contradicciones que merecen ser analizadas.
Uno de los ejemplos más comentados es su postura frente a la religión. En años anteriores afirmó públicamente que era ateo y que no creía en aquello que no podía explicar mediante la razón. Hoy, en cambio, habla abiertamente de su conversión religiosa y de su relación con Dios, explicando que tuvo un proceso personal de transformación.
Aquí vale una aclaración: cambiar de opinión sobre la fe no debería ser motivo de señalamiento. Millones de personas cambian sus creencias a lo largo de la vida. El verdadero debate está en cómo un candidato construye su identidad pública y qué tan distante está esa nueva imagen de lo que defendía anteriormente.
Algo similar ocurre con el tema animal. Años atrás, De la Espriella generó polémica por unas declaraciones en las que contó una supuesta anécdota relacionada con gatos y pólvora, afirmando posteriormente que se trató de una mala broma. Hoy se presenta como defensor del bienestar animal y ha incluido este tema dentro de sus propuestas.
Nuevamente, una persona puede arrepentirse, cambiar y corregir. Pero cuando alguien aspira a dirigir un país, sus propias palabras se convierten en parte del escrutinio público.
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También está el giro en su discurso sobre la seguridad y las promesas de campaña. Durante la contienda presentó la idea de recuperar la seguridad del país en un periodo muy corto mediante un plan de choque. Con el paso del tiempo algunas de esas promesas han sido matizadas, explicando que se refería a objetivos específicos y no a una solución absoluta en ese plazo.
Y aquí aparece otra pregunta: ¿estamos frente a una estrategia política que ajusta el mensaje según el escenario, o frente a un candidato que ha cambiado de posición?
Sin embargo, la contradicción que más me llama la atención tiene que ver con un tema aparentemente menor: el fútbol.
Hace varios años, Abelardo de la Espriella explicó que no era aficionado a este deporte y utilizó ese hecho para hacer una crítica bastante inteligente a la clase política colombiana. Según su análisis, muchos dirigentes aparecían felicitando equipos campeones o celebrando triunfos deportivos simplemente porque sabían que esas manifestaciones les generaban simpatía entre los ciudadanos. Decía que los políticos terminaban diciendo lo que la gente quería escuchar y actuando de acuerdo con la conveniencia del momento.
Era una reflexión acertada porque describía uno de los vicios más comunes del populismo moderno. Lo paradójico es que, convertido en candidato presidencial, ha terminado haciendo exactamente aquello que criticaba. Lo hemos visto felicitando al Junior por sus éxitos deportivos, celebrando triunfos de selecciones nacionales y participando de la misma dinámica que antes consideraba oportunista. Más allá de la anécdota futbolística, el episodio resulta revelador porque demuestra cómo el crítico de ciertas prácticas políticas terminó adoptándolas cuando descubrió que podían resultar útiles para conectar con el electorado.
El punto no es felicitar a un equipo. El fútbol es una pasión nacional y cualquier colombiano puede celebrar un triunfo deportivo. El punto es que quien antes criticaba esa conducta ahora parece utilizar precisamente esa herramienta que cuestionaba.
La política está llena de candidatos que descubren nuevas versiones de sí mismos cuando llegan las elecciones. El problema es cuando el personaje construido para ganar votos empieza a chocar con la persona que existía antes.
También preocupa el debate sobre algunas de sus propuestas. Por ejemplo, su defensa del fracking como alternativa para aumentar la producción petrolera abre una discusión ambiental profunda. Colombia tiene ecosistemas frágiles, fuentes hídricas estratégicas y una enorme biodiversidad. El fracking ha sido cuestionado en distintos países por sus posibles impactos sobre el agua, el suelo y los ecosistemas si no existen controles estrictos.

Un país no puede tomar decisiones energéticas pensando únicamente en los ingresos inmediatos. La pregunta debe ser qué herencia ambiental se les dejará a las próximas generaciones.
Pero la reflexión final no debería ser solamente sobre Abelardo de la Espriella. También debe ser sobre quienes deciden votar por él.
A quienes lo respaldan les queda una pregunta legítima: ¿lo están apoyando porque conocen y comparten sus propuestas, o porque el rechazo hacia Gustavo Petro y la izquierda es tan fuerte que cualquier alternativa parece válida?
El miedo, el enojo y la frustración son emociones reales en la política, pero no deberían reemplazar el análisis.
Colombia no necesita elegir entre extremos ni entregar un cheque en blanco a nadie. Necesita ciudadanos capaces de mirar más allá de los discursos, revisar las trayectorias, comparar las palabras con los hechos y preguntarse si el candidato que hoy pide confianza es realmente el mismo que ayer hablaba con tanta seguridad.
Porque al final, la mayor contradicción no sería que un político cambie.
La verdadera contradicción sería que cambie solamente porque necesita votos.
