Opinión
¿Una mujer tolimense en la Presidencia de la Cámara de Representantes?
Por: Dahian García
Hay momentos en la historia de un país que trascienden los nombres propios. Son instantes en los que una decisión institucional envía un mensaje a toda una generación, los liderazgos cambian, la política evoluciona y los espacios de poder comienzan a parecerse más a la sociedad que representan.
Colombia ha tenido decenas de presidentes de la Cámara de Representantes a lo largo de su historia. Sin embargo, apenas tres mujeres han logrado alcanzar esa dignidad: Nancy Patricia Gutiérrez (1999-2000), Zulema Jattin (2004-2005) y Lina María Barrera (2016-2017). Tres nombres frente a una larga lista de hombres que, durante más de dos siglos, han ocupado la máxima dirección de la corporación. Esa comparación, por sí sola, revela que la igualdad política sigue siendo un camino en construcción.
No se trata de reemplazar una historia por otra. Se trata de escribir una historia donde el liderazgo deje de tener género y empiece a medirse por la experiencia, la capacidad y el servicio.
Hoy Colombia vuelve a mirar esa posibilidad. No porque una mujer deba llegar por el simple hecho de ser mujer, sino porque existen liderazgos femeninos que han construido una trayectoria suficiente para asumir una responsabilidad de esa magnitud.
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La Presidencia de la Cámara no es un reconocimiento simbólico. Es la responsabilidad de conducir los debates más importantes del país, garantizar el equilibrio democrático, tender puentes entre distintas fuerzas políticas y administrar una corporación donde convergen todas las regiones y todas las corrientes ideológicas.

Para ejercer esa labor se necesita conocimiento, experiencia y capacidad de diálogo. Virtudes que no se improvisan.
Por eso resulta esperanzador que hoy existan mujeres que reúnen esas condiciones. Como es el caso de la Representante Delcy Isaza que conocen el funcionamiento del Congreso, que han recorrido sus regiones, que han trabajado en la construcción de consensos y que entienden que la política también se ejerce escuchando, concertando y respetando las diferencias.
Si una mujer vuelve a ocupar la Presidencia de la Cámara, no será un hecho aislado. Será la confirmación de que las puertas que otras abrieron continúan ensanchándose para las nuevas generaciones. También será un mensaje poderoso para miles de niñas y jóvenes colombianas, el liderazgo no tiene techo cuando está respaldado por el mérito. En un país donde la representación femenina sigue siendo inferior a la masculina en el Congreso, cada avance adquiere un significado especial. Aunque la participación de las mujeres ha crecido con los años, aún representan menos de un tercio de los integrantes del Legislativo. Eso demuestra que todavía queda camino por recorrer para alcanzar una representación más equilibrada. Quizá el mayor símbolo de una eventual presidenta de la Cámara no esté en el cargo mismo, sino en lo que representa para Colombia, representa a las mujeres que durante décadas hicieron política cuando pocos creían en ellas, representa a quienes demostraron que el diálogo puede ser tan firme como respetuoso, representa a las regiones que reclaman liderazgos cercanos, preparados y comprometidos.
Y representa la esperanza de que el poder deje de entenderse como un privilegio reservado para unos pocos y se convierta en una responsabilidad abierta para quienes han demostrado estar preparados para ejercerlo, los países cambian cuando dejan de sorprenderse por ver a una mujer liderando y comienzan a exigir únicamente liderazgo, resultados y vocación de servicio.
