sábado, 18 de julio de 2026 11:35

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Opinión

La industria de la ira

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Por: José Julián Ñáñez Rodríguez – director del Doctorado en Ciencias de la Educación de la UT y Alejandra Barrios Rivera – magíster en Educación.

Aristóteles escribió que cualquiera puede enfadarse, pues eso es algo muy sencillo, pero enfadarse con la persona adecuada, en el grado exacto, en el momento oportuno, con el propósito justo y del modo correcto no resulta tan sencillo (Aristóteles, 2002). Dos milenios después, esa reflexión conserva plena vigencia, aunque hoy enfrentamos una dificultad adicional: además de preguntarnos si nuestra ira es justa, también necesitamos preguntarnos quién la alimenta, quién la orienta y quién obtiene beneficios de que permanezcamos indignados.

No toda ira es igual. Fernández (2022) distingue entre la ira de desarrollo, que surge frente a un agravio real, favorece la asertividad y orienta la acción hacia la justicia, y la ira de deterioro, que alimenta la violencia y perpetúa los ciclos de agresión. La diferencia no es menor. Sin la primera no habrían existido las luchas por los derechos civiles, las resistencias frente a la opresión ni las transformaciones sociales impulsadas por la indignación ante la injusticia. Para ello, entendemos la ira como una respuesta emocional frente al agravio, cuya expresión pública más relevante es la indignación, entendida como la reacción moral ante aquello que consideramos injusto (Nussbaum, 2016). Precisamente porque moviliza personas, identidades y decisiones colectivas, la indignación se ha convertido en uno de los principales insumos de lo que aquí denominamos la industria de la ira.

En las sociedades contemporáneas esa tarea resulta cada vez más difícil. La ira ha dejado de ser únicamente una respuesta emocional para convertirse en un recurso político, económico y comunicativo. Como cualquier recurso valioso, puede estimularse, amplificarse y dirigirse. Esa es la lógica que permite hablar de una verdadera industria de la ira.

Toda industria necesita un bien que producir, mecanismos para distribuirlo y actores que obtengan beneficios de su circulación. En este caso, el bien no es un objeto, sino una emoción. La indignación moviliza audiencias, aumenta la interacción en las plataformas digitales, fortalece identidades políticas y mantiene a millones de personas conectadas alrededor de conflictos permanentes. En ese contexto, la ira deja de ser únicamente una reacción moral frente a la realidad para convertirse también en un activo cuya circulación genera poder, influencia y rentabilidad.

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La investigación reciente ofrece evidencias que permiten comprender este fenómeno. Ali et al. (2024) encontraron que mayores niveles agregados de ira se asocian con un incremento del apoyo electoral a candidatos populistas. No se trata de afirmar que toda ira conduzca al populismo, sino de reconocer que determinadas emociones colectivas pueden transformarse en un recurso políticamente rentable. De manera complementaria, Humprecht y Amsler (2024) muestran que los medios alternativos y los actores populistas favorecen entornos comunicativos altamente emocionalizados, donde las publicaciones que despiertan indignación obtienen una visibilidad desproporcionada y contribuyen a mantener estados permanentes de confrontación.

Las plataformas digitales desempeñan un papel decisivo en ese proceso. Sus algoritmos no evalúan la calidad de los argumentos ni distinguen entre información rigurosa y desinformación; privilegian aquello que consigue captar nuestra atención durante más tiempo. La ira cumple esa función con una eficacia extraordinaria. Los contenidos que indignan suelen recibir más comentarios, más compartidos y mayores niveles de interacción que aquellos que invitan a la reflexión. Sin necesidad de conspiraciones ni coordinaciones explícitas, el diseño mismo del ecosistema digital termina favoreciendo la circulación de las emociones que mejor responden a su lógica económica.

Quizá el desafío de nuestro tiempo no consista en aprender a sentir menos ira, sino en desarrollar una mayor capacidad para comprenderla. Las emociones nunca aparecen completamente desligadas de los contextos que las producen. También circulan, se intensifican, se administran y, en ocasiones, benefician a quienes han aprendido a convertirlas en una forma de poder. Tal vez la pregunta más urgente ya no sea por qué nos indignamos, sino quién obtiene los beneficios de que permanezcamos indignados. Mientras no podamos responderla, seguiremos corriendo el riesgo de confundir la ira que nace de la injusticia con aquella que otros han aprendido a fabricar.

Referencias

Ali, O., Desmet, K., & Wacziarg, R. (2024). Does anger drive populism? Economics Bulletin, 44(4).

Aristóteles. (2002). Retórica (Q. Racionero, Trad.). Gredos. (Obra original del siglo IV a. C.).

Fernández Poncela, A. M. (2022). Enojo y elecciones. Iztapalapa. Revista de Ciencias Sociales y Humanidades, 43(92), 247-280. https://doi.org/10.28928/ri/922022/aot4/fernandezponcelaa

Humprecht, E., & Amsler, M. (2024). Emotionalized social media environments: How alternative news media and populist actors drive angry reactions. Political Communication. https://doi.org/10.1080/10584609.2024.2350416

Nussbaum, M. (2016). Anger and forgiveness: Resentment, generosity, justice. Oxford University Press.