domingo, 14 de junio de 2026 08:57

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Opinión

Opiniones bíblicas u opiniones políticas

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Por: Efran Lugo

La Conferencia Episcopal Colombiana estuvo en el centro del debate público durante esta semana a raíz de un comunicado que generó múltiples reacciones en el escenario político nacional. Pero antes de entrar en la polémica, vale la pena recordar qué es esta organización: se trata de la institución que reúne a los obispos de Colombia y que históricamente ha desempeñado un papel importante en procesos de diálogo, construcción de paz y acciones humanitarias en favor de las poblaciones más vulnerables del país.

La controversia surgió cuando, en su mensaje dirigido a los colombianos de cara a las próximas elecciones presidenciales, la Conferencia Episcopal invitó a reflexionar sobre la vida y la paz como valores fundamentales para el futuro de la nación. Una de las frases que más llamó la atención fue: «El cristiano no vota por salvadores, sino por programas que respeten la dignidad humana, la justicia social y el cuidado de la casa común».

La expresión cayó como un balde de agua fría sobre algunos sectores políticos, particularmente entre los seguidores de Abelardo de la Espriella, quien ha construido buena parte de su narrativa política alrededor de la idea de presentarse como el hombre que viene a rescatar a Colombia de sus problemas.

Resulta llamativo que años atrás el propio Abelardo de la Espriella manifestara públicamente ser ateo. Sin embargo, en medio de una contienda electoral donde las estrategias cambian constantemente, hoy se presenta como un hombre creyente. Esto ha fortalecido el respaldo de sectores religiosos que han decidido acompañar su candidatura con absoluta convicción.

Pero la memoria política también merece un espacio en esta discusión. Hace ocho y cuatro años, uno de los cuestionamientos recurrentes desde algunos sectores religiosos hacia Gustavo Petro era precisamente que no creía en Dios. Ante ello, el entonces candidato tuvo que salir a desmentir esas afirmaciones y reafirmar públicamente sus convicciones religiosas.

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La pregunta entonces es inevitable: ¿por qué la fe parece convertirse en un requisito para unos candidatos y en una estrategia electoral para otros? ¿Por qué algunos sectores consideran legítimo exhibir símbolos religiosos cuando favorecen a determinado aspirante, pero cuestionan cualquier referencia a principios cristianos cuando estos parecen acercarse a propuestas distintas?

La reacción de algunos fieles, especialmente católicos, frente al comunicado de la Conferencia Episcopal fue inmediata. No solo rechazaron el mensaje, sino que exigieron aclaraciones para desvirtuar cualquier interpretación según la cual el documento favorecía la candidatura de Iván Cepeda. Sin embargo, es evidente que conceptos como la defensa de la vida, la construcción de paz, la justicia social, la ética y la transparencia coinciden con algunos de los ejes programáticos planteados por dicho candidato.

Personalmente, no considero conveniente que las iglesias, las doctrinas religiosas o las creencias espirituales sean utilizadas como herramientas para influir en la decisión electoral de los ciudadanos. Sin embargo, sí considero fundamental que quienes aspiren a gobernar respeten la libertad de conciencia y las convicciones de cada persona.

En una democracia caben todas las creencias y también la ausencia de ellas. Creer en Dios es un derecho, pero no creer también lo es. Lo verdaderamente preocupante no es la fe de un candidato, sino cuando esta parece cambiar al ritmo de las necesidades políticas. Porque las convicciones pueden evolucionar con el tiempo, pero cuando coinciden exactamente con los momentos electorales, los ciudadanos tienen derecho a preguntarse si están frente a una transformación genuina o simplemente ante una estrategia de campaña.