sábado, 25 de abril de 2026 14:38

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Opinión

¿Heroína o símbolo colonial? La controversia detrás de la calle Agatha de la Ruiz en Ibagué

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Por: Dahian García Covaleda

En Ibagué se ha propuesto bautizar una vía con el nombre de Ágatha Ruiz de la Prada. Una figura internacional, sí; reconocida en su campo, también. Pero sin un vínculo real con la ciudad, sin una historia compartida, sin un arraigo que justifique convertir su nombre en parte del mapa cotidiano de los ibaguereños.

Ahí es donde la discusión deja de ser anecdótica y se vuelve simbólica.

Porque las calles no solo organizan el tránsito, organizan el recuerdo. Caminamos todos los días por nombres que, sin darnos cuenta, nos enseñan quiénes importan. Qué historias se cuentan. Qué referentes se legitiman. Y, sobre todo, cuáles se dejan por fuera.

Cuando una ciudad decide honrar a una figura externa, de paso fugaz, por encima de quienes han construido su vida cultural, social o histórica desde dentro, el gesto no es neutral. Puede leerse como una forma de colonización simbólica, no en el sentido clásico de imposición territorial, sino como una preferencia persistente por lo externo sobre lo propio, por lo visible sobre lo significativo, por lo mediático sobre lo meritorio.

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No se trata de rechazar lo extranjero por principio. Las ciudades dialogan con el mundo, se nutren de influencias y celebran intercambios culturales. El problema aparece cuando ese diálogo es desigual, cuando lo de afuera se convierte automáticamente en digno de homenaje, mientras lo local necesita décadas (o nunca llega) a ser reconocido.

¿A quién le debe una calle su nombre?
¿A quién la visitó, o a quien la habitó?
¿A quién la mencionó, o a quien la transformó?

La pregunta incómoda no es por qué alguien como Ágatha Ruiz de la Prada recibe un homenaje, sino por qué tantas figuras locales no lo reciben. Músicos, docentes, líderes comunitarios, gestores culturales, nombres que sostienen la identidad de la ciudad, pero que rara vez llegan a las placas.

Nombrar una calle debería ser un acto de responsabilidad con la memoria colectiva, no una oportunidad de figuración política o de marketing institucional. Porque cuando los nombres no reflejan la historia propia, el mapa deja de ser un espejo y se convierte en vitrina.

Y una ciudad que se mira más como vitrina que como memoria, corre el riesgo de olvidarse de sí misma.