sábado, 28 de febrero de 2026 12:04

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Opinión

Cuando la popularidad no nace del gobierno sino de la oposición

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Por: Efran Lugo

Todos sabemos que cada cuatro años los candidatos presidenciales tienen una bandera temática para debatir o dar a conocer sus propuestas; es decir, esa bandera será el caballito de batalla con el que llegarán a combatir. Si vamos más atrás en la historia, encontramos a Alfonso López Pumarejo, quien se abanderó de la “Revolución en Marcha” a través de una reforma agraria que no fue culminada, pero que marcó el debate político de su época.

Años después, en las décadas de los 80 y 90, la gran bandera fue el combate al narcotráfico, en medio del terror impuesto por Pablo Escobar y los carteles. Muchos dirigentes se hicieron elegir con ese discurso; otros perdieron la vida, asesinados por el narcotráfico. Fue una época en la que la política giró alrededor de la seguridad y la defensa del Estado frente a ese poder criminal.
En el siglo XXI, Álvaro Uribe Vélez tuvo como bandera principal la seguridad para los colombianos. La llamó “seguridad democrática” y se dedicó a combatir a las guerrillas que tenían abatidos a campesinos y empresarios. Utilizó todo tipo de estrategias, incluso el fortalecimiento de grupos paramilitares para enfrentar a esos grupos insurgentes que estaban demasiado consolidados. Aunque no logró extinguirlos militarmente, miles de colombianos que padecieron la guerra dicen que su bandera funcionó, y el respaldo electoral así lo demostró: fue reelegido y logró impulsar a Juan Manuel Santos, quien inicialmente continuó con esa línea.

Sin embargo, Santos entendió más adelante que la estrategia militar no era suficiente y optó por un acuerdo de paz, convirtiéndolo en su nueva bandera. Ya todos sabemos en qué consistió ese acuerdo y los logros obtenidos; tampoco podemos decir que todo fue malo. Hoy los municipios PDET han sido beneficiados gracias a lo pactado entre las FARC-EP y el Gobierno nacional. Aun así, su popularidad no fue la mejor y no logró consolidar un candidato propio en la siguiente contienda.

Siguió la era del presidente Iván Duque Márquez, cuya bandera fue la equidad, la legalidad y el emprendimiento. La primera poco se cumplió: en temas sociales, a Colombia no le fue bien. En cuanto a la legalidad, nunca quedó claro si se refería a la del mercado o a un blindaje jurídico de la soberanía del país. En emprendimiento, hay que reconocer que la economía mantuvo cifras positivas y, aunque el país atravesó una pandemia, la estrategia de economía naranja ayudó a sostener ciertos sectores. Sin embargo, la corrupción no dejó de aparecer, y por ello su candidato no logró consolidar el apoyo suficiente para una segunda vuelta.

Así quedó la bandera de la anticorrupción y de ayudar a los más marginados (Igualdad social en cabeza del hoy presidente Gustavo Petro, a quien la encuestadora Invamer le atribuyó recientemente un crecimiento del 11 % en su favorabilidad frente a noviembre del año pasado. Pasando de un 38% a un 49,1% de favorabilidad, esto tiene varias aristas. Una de ellas es el aumento del salario mínimo, frente al cual muchos lectores y políticos se rasgaban las vestiduras antes de la firma del decreto, advirtiendo un desastre económico. Pero luego, tras lo expuesto por el Consejo de Estado cuando suspendió decisiones relacionadas, salieron a defender que el mínimo debía ser el que ya estaba rigiendo. Problemas de una derecha que se ha enfrascado en utilizar momentos coyunturales para hacer política y no para construir.

Fueron pocos los empresarios que se opusieron al salario; entendieron cómo se mueve el verdadero capital: la economía la impulsa el proletariado. Son ellos quienes construyen con su fuerza de trabajo, pero también quienes consumen. Hoy casi todos los candidatos presidenciales centran sus discursos en nombrar a Petro y culparlo de que el país está mal, y eso no es del todo cierto. Sí estamos mal en seguridad la expansión guerrillera es evidente, pero también hay indicadores económicos que muestran estabilidad. Como columnista debo ser objetivo y, al César lo que es del César.

Vemos candidatos sin propuestas claras: hablan de la crisis en salud, pero no presentan soluciones; mencionan una educación revolucionada por la inteligencia artificial, sin reconocer que muchos estudiantes campesinos no tienen computador ni acceso a internet. Tampoco hay propuestas sólidas para recuperar el campo. En temas económicos, la banca subió las tasas de interés; por llevar la contraria a la política salarial, el perjudicado no es Petro, es el pueblo. ¿Y qué proponen frente a eso los presidenciables?

En las pocas veces que he votado y quizá en las de ustedes, no habíamos visto candidatos tan débiles. Hay uno que ha sido ministro desde la época del siglo XX y hoy promete solucionar problemas que vienen desde entonces; me pregunto por qué no lo hizo antes. Otro dedica veinte minutos a bailar y poco a presentar propuestas.

Mi mensaje es reflexivo: el país necesita paz, pero también seguridad total; justicia social inmediata; una política de vivienda urgente; una salud más humanizada y diversificada. No más campañas donde el protagonista sea Petro: él se va el 7 de agosto. Y si todo esto que he opinado es lo que explica su buena popularidad, entonces el problema no es su figura, sino la pobreza argumentativa de quienes aspiran a reemplazarlo.