Opinión
Un lugar llamado literatura
Por: José Julián Ñáñez Rodríguez – director del Doctorado en Ciencias de la Educación de la UT y Alejandra Barrios Rivera – magíster en Educación.
La novela de Gabriel García Márquez ha vuelto a ocupar las conversaciones cotidianas, las listas de librerías y las pantallas, casi seis décadas después de haberse publicado por primera vez. Familias enteras descubren o releen la genealogía de los Buendía, y con ese regreso vuelve también una pregunta que suele quedar detrás del entusiasmo por la trama; por qué una prosa tan narrativa produce, sin embargo, el mismo efecto que produce un poema.
Paz (1956) sostuvo que el poema no es un vehículo para transmitir contenidos previos, sino un acontecimiento del lenguaje que crea aquello que nombra, un decir que no podría decirse de otro modo sin dejar de ser lo que es. Lo poético, sin embargo, no se agota en el poema escrito en verso; puede aparecer en distintas formas literarias cuando el lenguaje deja de ser únicamente un medio para contar o informar y adquiere una capacidad propia de crear imágenes, relaciones y sentidos. Bajo esa definición, buena parte de la prosa de García Márquez participa de una lógica poética, aunque se presente como novela y avance con la disciplina de una genealogía familiar.
Hay una razón para que ciertas imágenes de esa novela, una lluvia de flores, un personaje que asciende mientras dobla sábanas, permanezcan en la memoria del lector mucho después de haber olvidado el orden exacto de los capítulos. Esa persistencia tiene una explicación precisa en la fenomenología de Bachelard (1965), para quien la imagen poética no se archiva como un dato sino que reverbera, produce en quien la recibe un eco que reorganiza su propia manera de imaginar el mundo. La imagen poética no informa, resuena, y esa resonancia es lo que la distingue de cualquier enunciado que se agota en su contenido.
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Conviven así dos formas de relación con el lenguaje. Una funciona por referencia, nombra algo que ya existía antes de ser dicho y se mide por su exactitud. La otra, la que ocupa el poema y buena parte de la gran prosa narrativa, no se limita a describir un estado de cosas previo; produce una forma de verlo. Ricoeur (2001) llevó esta intuición al terreno de la metáfora, al mostrar que esta no sustituye un significado literal por otro figurado, como si fuera un adorno prescindible, sino que produce una tensión semántica capaz de decir algo que el lenguaje literal no alcanza a formular por sí solo. La metáfora no decora una idea previa; produce una nueva posibilidad de decirla.

Esa función del lenguaje poético no ha perdido vigencia. En Medea, Maillard (2020) explora las posibilidades de una palabra que no se agota en el discurso conceptual y que permite dar presencia a aquello que no encuentra lugar en una explicación cerrada. La literatura abre así un espacio en el que una experiencia puede ser reconocida sin quedar reducida a una definición.
Leer con atención poética no es un lujo estético reservado a especialistas. Es una disposición distinta ante el lenguaje; aceptar que una frase puede transformar la forma en que vemos algo sin necesidad de explicarlo del todo y que una imagen puede permanecer en nosotros sin convertirse en una conclusión. Quizás por eso volvemos a ciertas novelas incluso cuando ya conocemos su historia. No regresamos para descubrir qué sucede, sino para volver a experimentar cómo el lenguaje hace que algo suceda en nosotros. La literatura ocupa ese espacio singular en el que una historia puede acompañar una vida sin convertirse en una explicación de ella; un espacio donde las palabras no terminan de cerrar el sentido, sino que lo mantienen abierto.
Referencias
Bachelard, G. (1965). La poética del espacio (E. de Champourcin, Trad.). Fondo de Cultura Económica. (Obra original publicada en 1957).
Maillard, C. (2020). Medea. Tusquets Editores.
Paz, O. (1956). El arco y la lira. Fondo de Cultura Económica.
Ricoeur, P. (2001). La metáfora viva (A. Neira, Trad.). Trotta. (Obra original publicada en 1975).
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