sábado, 23 de mayo de 2026 11:33

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Opinión

¿porque la polarización hace que prefieran las vías de hecho y no de derecho?

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Por: Dahian García Covaleda

La polarización no empieza cuando dos personas piensan distinto. Empieza cuando dejan de verse como parte del mismo país.

En Colombia, la discusión pública dejó hace tiempo de girar alrededor de impuestos, seguridad o modelos económicos. Hoy la política funciona más como una identidad emocional, petrista o antipetrista, “la gente” o “las élites”, “demócratas” o “enemigos del país”. Y cuando el adversario deja de ser un contradictor legítimo y pasa a convertirse en una amenaza moral, las vías de hecho empiezan a parecer más justificables que las vías de derecho.

Las vías de derecho parten de una premisa básica, aunque existan desacuerdos profundos, todos aceptan ciertas reglas comunes. El Congreso, las cortes, las elecciones y los procedimientos sirven precisamente para tramitar conflictos sin destruir al otro. Son lentos, frustrantes y muchas veces imperfectos, pero existen para evitar que cada sector imponga su voluntad por presión, fuerza o intimidación.

La polarización rompe ese pacto psicológico.

Cuando una parte de la ciudadanía cree que las instituciones están “capturadas” por enemigos corruptos, las reglas dejan de verse neutrales. El Congreso ya no es un espacio de deliberación sino un obstáculo ilegítimo. Las cortes no son contrapesos sino conspiradores. La prensa no fiscaliza “opera”. En ese ambiente, bloquear una vía, sabotear un evento político o presionar desde la calle deja de sentirse como una excepción y empieza a verse como un deber moral.

Eso explica por qué ciertos sectores juveniles (especialmente en momentos de alta tensión social) terminan valorando más la presión inmediata que los mecanismos institucionales. No necesariamente porque rechacen la democracia en abstracto, sino porque sienten que la democracia formal nunca les respondió realmente.

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La paradoja es que esta lógica no pertenece solo a un sector político. La derecha colombiana también ha caído repetidamente en la tentación de deslegitimar instituciones cuando los fallos judiciales, acuerdos políticos o resultados electorales contradicen sus intereses. La polarización produce un espejo, ambos bandos terminan justificando excepciones para sí mismos mientras exigen legalidad absoluta al contrario.

Y las redes sociales agravan el fenómeno. Allí no gana quien argumenta mejor sino quien humilla más rápido. La indignación produce visibilidad. El algoritmo premia el escándalo y castiga la moderación. Poco a poco, la política deja de ser negociación y se convierte en combate cultural permanente.

El resultado es una ciudadanía emocionalmente movilizada pero institucionalmente impaciente.

El problema de las vías de hecho es que ofrecen una sensación inmediata de poder. El problema de las vías de derecho es que exigen aceptar algo difícil, que el otro también tiene derecho a existir políticamente.

Esa aceptación (incómoda, lenta y a veces frustrante) es precisamente lo que mantiene viva una democracia. Porque cuando cada sector concluye que las reglas solo valen si gana su bando, el debate público deja de ser político y empieza a parecerse peligrosamente a una guerra moral entre enemigos irreconciliables.