Opinión
Lo mejor de Johana Aranda es que destruyó al “hurtadismo”
Por: Dahian García Covaleda
Parece un episodio sacado de una serie de Netflix, algo entre intrigas de House of Cards y traiciones dignas de Game of Thrones. Pero en la política real las traiciones no son ninguna novedad.
Al contrario, son muchas veces, el motor que produce los giros más inesperados en las historias de poder.
La administración de Johana Aranda, que en buena medida le debe su llegada al poder al proyecto político de Andrés Hurtado, terminó dando un giro que pocos anticipaban…
Desmontar, pieza por pieza, el llamado “hurtadismo”.
El resultado es evidente. El proyecto político que durante años dominó la escena local hoy luce debilitado. Hurtado no logró consolidar una curul en la Cámara y su influencia parece haberse diluido. Incluso en el plano nacional las señales son claras, el Partido de la U ha perdido representatividad en el Congreso y enfrenta un momento de profunda fragilidad política.

Pero más allá de nombres propios, lo que queda al descubierto es una lección básica del poder. La política no se sostiene con bravuconadas ni con la ilusión de que el poder es un patrimonio personal. El poder, en realidad, es un arte delicado requiere compartir, negociar y saber ceder.
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Muchos dirigentes olvidan esa regla elemental. Creen que el liderazgo se impone a punta de gritos o de lealtades compradas. Pero cuando la política se construye sobre clientelas frágiles, sobre apoyos que se consiguen con favores mínimos (un tamal, una promesa, un contrato) lo que existe no es lealtad, sino transacción.
Y cuando los votos tienen precio, también pueden cambiar de dueño. Por eso lo ocurrido no debería sorprender a nadie. Si una base política se sostiene sobre intereses momentáneos y no sobre convicciones, tarde o temprano alguien encontrará la manera de arrebatársela.
En política, como en las buenas series, los giros de la trama casi siempre estaban anunciados desde el principio. Solo hacía falta que alguien se atreviera a ejecutarlos.