sábado, 16 de mayo de 2026 12:59

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Opinión

El cielo sin morir

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Por: Santiago Quintero

 ¿Y si el cielo no fuera un lugar al que se llega después de morir, sino algo que se puede experimentar estando vivos?

 A veces la vida tiene momentos que no sabemos explicar del todo. Instantes que nos atraviesan sin permiso, donde algo dentro se enciende y, por un segundo, todo parece tener otro color, otro sentido, otra intensidad.

 Dentro de nosotros habitan deseos, pasiones y sensaciones que no siempre conocemos. Permanecen en silencio hasta que algo o alguien las despierta. Y cuando aparecen, no lo hacen con lógica ni aviso, sino como una revelación emocional que nos desordena y nos despierta al mismo tiempo.

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Hay conexiones que nos transforman. Experiencias que nos sacan de lo cotidiano. Momentos en los que la mente deja de resistirse y simplemente se rinde a lo que siente. Y, en ese instante, lo ordinario se vuelve extraordinario. No porque el mundo cambie, sino porque nosotros lo percibimos distinto.

Quizás por eso, a veces, se siente como si estuviéramos tocando algo parecido al cielo. No uno lejano ni idealizado, sino uno íntimo, humano, casi secreto.

El cielo, entonces, no sería un destino. Sería un estado: una forma de estar presentes, de sentir con intensidad, de conectar sin ruido interno. Un estado que aparece y desaparece, que no se puede forzar, pero sí reconocer cuando llega.

 Y tal vez ahí está lo más valioso: darnos cuenta de que, incluso en medio de lo cotidiano, la vida todavía puede abrir momentos que se sienten como eternos.

 Aviso: Las opiniones en esta columna pertenecen exclusivamente al autor y no comprometen el pensamiento editorial de Enfoque TeVé 360. Abrimos este espacio como un ejercicio de libre expresión y pluralidad.