Opinión
El lujo de no hacer nada
Por: José Julián Ñáñez Rodríguez – director del Doctorado en Ciencias de la Educación de la UT y Alejandra Barrios Rivera – magíster en Educación.
¿En qué momento descansar dejó de ser un derecho para convertirse en un lujo? Durante siglos, la respuesta habría parecido sencilla. La pereza fue uno de los pecados más temidos del catálogo moral cristiano. Hoy, en cambio, quien confiesa que pasó el fin de semana sin hacer absolutamente nada suele recibir una mezcla de incredulidad y una discreta envidia. Ese desplazamiento no es trivial; dice algo sobre la forma en que una sociedad entiende el tiempo, el cuerpo y el valor de la inactividad. Tal vez porque lo que antes se condenaba como un pecado hoy se ha convertido, paradójicamente, en un privilegio.
Sin embargo, lo que la tradición cristiana condenó no era exactamente lo que hoy entendemos por pereza. El papa Gregorio Magno unificó dos conceptos distintos: la acedia, una tristeza espiritual que impedía al creyente cumplir con sus obligaciones religiosas, y la simple holgazanería. Tomás de Aquino la definió como una tristeza de ánimo que aleja del bien espiritual (Tomás de Aquino, 2001). Lo que se condenaba no era descansar, sino resistirse a Dios; la inactividad como rechazo de lo sagrado, no como ausencia de productividad. Esa distinción comenzó a desdibujarse cuando el capitalismo tomó el relevo moral de la Iglesia y convirtió el trabajo en la nueva virtud suprema. Ya no importaba si el alma descansaba, sino si las manos producían. Con ese cambio, la pereza dejó de ser un problema espiritual para convertirse, cada vez más, en un problema económico y social.
Fue precisamente esa nueva moral del trabajo la que Russell (2016) decidió cuestionar, pues, argumentó que si las personas trabajaran cuatro horas al día habría suficiente para todos y el tiempo restante podría dedicarse al cultivo del espíritu, el arte y el pensamiento. No defendía la negligencia; cuestionaba el supuesto de que el trabajo constituye un fin en sí mismo. Lo que en su época sonó escandaloso, hoy parece una utopía en un mundo donde la disponibilidad permanente se ha convertido en norma y donde desconectarse exige un esfuerzo deliberado que la mayoría no puede, o no sabe, realizar.
Pero la paradoja contemporánea es aún más profunda; incluso cuando dejamos de trabajar, rara vez descansamos. El ideal de una vida feliz ya no parece consistir en el ocio creador del que hablaba Russell, sino en consumir permanentemente experiencias, productos y entretenimiento. El tiempo libre dejó de ser un espacio para simplemente no hacer nada y pasó a convertirse en otra oportunidad para producir consumo.
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Casi un siglo después, lejos de desaparecer, esa lógica se ha intensificado. Han (2012) describió con precisión lo que esa transformación ha producido en el sujeto contemporáneo. La sociedad del rendimiento no condena explícitamente la pereza; simplemente la hace imposible. El sujeto se autoexplota bajo la ilusión de la libertad hasta el punto de que no saber no hacer nada se convierte en una incapacidad real. El burnout no es el exceso de trabajo impuesto desde afuera, sino el resultado de una interiorización tan profunda de la exigencia que el descanso termina viviéndose con culpa. En ese contexto, no hacer nada ya no es un pecado; es un privilegio que pocos pueden permitirse sin sentir que están perdiendo algo o que están fallando en aquello que creen que deberían estar haciendo.

Desde la psicología contemporánea, esa culpa también ha comenzado a revisarse. Kinderman (2024) señaló que la pereza tiene muchas caras y no todas son iguales; hay una que es falta de motivación, otra que es agotamiento disfrazado y otra que responde a una decisión deliberada de priorizar el descanso sobre la productividad. En una cultura que llena cada minuto disponible con contenido, notificaciones y demandas, tomarse el tiempo de no hacer nada exige una resistencia activa que pocos ejercen. Las aplicaciones de meditación, los retiros de desconexión digital y los libros sobre el arte de descansar se han convertido en una industria creciente. La paradoja de tener que pagar para aprender a no hacer nada dice más sobre nuestra época que cualquier diagnóstico.
Quizá por eso la pereza haya pasado de pecado a lujo, pero eso no significa que nos hayamos liberado de su condena; significa que simplemente cambió de dueño. Ya no la condena la Iglesia, sino el mercado, que la convierte en un bien escaso al que solo acceden quienes pueden pagarlo o quienes tienen la fortaleza de resistir la presión de estar siempre disponibles. Tal vez el verdadero problema nunca haya sido la pereza, sino nuestra incapacidad para convivir con el descanso sin sentir culpa. Si durante siglos se nos enseñó que no hacer nada era un pecado y hoy se nos convence de que es una pérdida de tiempo, quizá el verdadero lujo no sea la inactividad, sino recuperar el derecho a detenernos.
Referencias
Han, B.-C. (2012). La sociedad del cansancio. Herder.
Kinderman, P. (2024). The many faces of laziness. Inquiry, 67(5). https://doi.org/10.1080/0020174X.2024.2323564
Russell, B. (2016). Elogio de la ociosidad. Edhasa. (Obra original publicada en 1932)
Tomás de Aquino. (2001). Suma teológica (Vol. II). BAC. (Obra original del siglo XIII)
