Opinión

Tu peor enemigo

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Por: Ricardo Cortés

Los líderes políticos de Colombia en el siglo XXI parecen haber encontrado en el populismo una fórmula para alcanzar el poder gracias a las redes sociales.

Muchos sienten que tocan el cielo con las manos al convertirlo en el eje central de sus campañas. Una estrategia quizá efectiva en las contiendas electorales para conquistar adeptos, especialmente entre quienes, movidos por las emociones y las pasiones propias de la naturaleza humana, terminan privilegiando sus convicciones ideológicas por encima del interés colectivo, como si estas fueran garantía de desarrollo y bienestar.

Sucedió con Gustavo Petro y hoy parece repetirse con Abelardo de la Espriella. El populismo de la izquierda más radical contribuyó a fragmentar ese centro político coherente que cree que las cosas pueden hacerse de manera diferente: con oportunidades, equidad, justicia social y reivindicaciones para los trabajadores, pero también con la firme convicción de que la institucionalidad debe ser garante de estos principios como verdaderos instrumentos de transformación.

Hoy, el discurso populista de la derecha más radical, representado por Abelardo de la Espriella, parece pretender desconocer parte de la historia colectiva de nuestro país, especialmente las luchas sociales que han permitido conquistar derechos fundamentales, entre ellos la protesta pacífica, reconocida y protegida por la Constitución Política.

Si bien todos sabemos que durante algunas movilizaciones se presentan actos de vandalismo protagonizados por una minoría, conductas que deben ser rechazadas y condenadas desde todos los sectores, también es necesario reconocer que las manifestaciones de las últimas semanas han registrado, en términos generales, una menor presencia de episodios violentos.

En medio de esta controversia, el Juzgado 24 de Familia de Bogotá habría ordenado, como medida cautelar, la conservación de las piezas del Museo Nacional objeto de discusión. Asimismo, habría requerido explicaciones a la ministra de Cultura, Paola Holguín, sobre la decisión de retirar 30 piezas de la institución.

De confirmarse el alcance de esta decisión judicial, estaríamos ante un primer revés jurídico para las posiciones defendidas por Abelardo de la Espriella. Y quizá no sería el último para quien parece haber convertido el espectáculo político en una herramienta permanente de protagonismo. Las propuestas encaminadas a regular la protesta social también podrían enfrentar un riguroso examen de constitucionalidad.

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Ahora bien, el nuevo espectáculo político, protagonizado por los cuestionamientos dirigidos a la gobernadora de San Andrés, Girley Natacha Ordóñez Bowie;
y la representante a la Cámara por el archipiélago, Elizabeth Jay-Pang Díaz; constituye otra muestra de esa estrategia populista que genera indignación en distintos sectores de la sociedad colombiana.

Lo primero que llama la atención es que, en medio de los señalamientos públicos, las funcionarias no tuvieron la oportunidad de presentar sus argumentos y ejercer su derecho a la controvertir, una garantía fundamental que debería respetarse en cualquier escenario de discusión pública.

Pero hay un aspecto aún más preocupante: la relación entre el exgobernador de San Andrés, Everth Julio Hawkins Sjogreen, quien ha enfrentado investigaciones por presuntas irregularidades relacionadas con la contratación pública en el archipiélago y la firma De La Espriella Lawyers, a través del abogado Juan Esteban Duque.

De confirmarse esa relación profesional, surgiría una pregunta legítima sobre la coherencia del discurso de Abelardo: ¿cómo cuestionar públicamente a determinadas figuras políticas mientras una firma vinculada al mismo entorno del presidente ejerce la defensa del exmandatario investigado por presuntos hechos de corrupción?

Por supuesto, ejercer la defensa de una persona investigada constituye un derecho legítimo y no implica compartir sus actuaciones ni asumir responsabilidad por ellas. Sin embargo, cuando el discurso político se construye sobre la superioridad moral y los señalamientos públicos, la coherencia se convierte en una exigencia inevitable.

Porque el populismo puede ser un poderoso instrumento para conquistar simpatizantes, pero también puede convertirse en el peor enemigo de quienes lo utilizan cuando sus discursos comienzan a enfrentarse con sus propias contradicciones.

Aviso: Las opiniones en esta columna pertenecen exclusivamente al autor y no comprometen el pensamiento editorial de Enfoque TeVé 360. Abrimos este espacio como un ejercicio de libre expresión y pluralidad.

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