Opinión
Soy conservadora y no voté por Abelardo de la Espriella
Por: Dahian García Covaleda
Mantener la coherencia política es mucho más difícil de lo que parece. En épocas electorales abundan las presiones para votar «por el menos peor», pero cuando uno actúa conforme a sus principios, las decisiones pueden ser más difíciles, aunque dejan menos remordimientos.
Confieso que llegué a considerar votar por Abelardo de la Espriella. Lo pensé porque personas cercanas a mí viven una realidad dolorosa, una amiga sufre la extorsión en su finca a través de las llamadas «vacunas» y la presencia constante de grupos criminales. Entiendo el miedo y la necesidad de buscar respuestas firmes frente a la inseguridad. Sin embargo, una pregunta no dejaba de rondarme: ¿por qué los colombianos siempre tenemos que elegir entre el menos malo? ¿Por qué no podemos aspirar a candidatos con una trayectoria ética, con altura moral y con la capacidad de unir en lugar de dividir?
Cada elección presidencial termina pareciéndose más a un concurso de popularidad, donde parece ganar quien insulta más fuerte a sus adversarios y no quien presenta las mejores ideas para el país.
En mi caso, hubo razones de fondo para no acompañar esa candidatura. Soy mujer y soy animalista. Esos son dos valores irrenunciables en mi vida. También defiendo el respeto por la Constitución y la institucionalidad democrática. Son principios que no estoy dispuesta a negociar, sin importar el color político de un candidato.
Tampoco comparto una visión según la cual el mercado, por sí solo, resuelve todos los problemas sociales. Creo en la economía de mercado, pero también en la solidaridad, la subsidiariedad y la responsabilidad del Estado para garantizar condiciones de dignidad. El capitalismo necesita reglas y límites éticos; de lo contrario, termina convirtiendo todo en mercancía, incluso la dignidad humana y la vida.

Mi compromiso con la protección animal hizo aún más imposible respaldar esa candidatura. Durante años ha circulado una declaración en la que Abelardo de la Espriella relató, de manera que muchos consideraron frívola, un episodio de maltrato contra gatos para comprobar si «caían de pie». Independientemente de cómo quiera explicarse hoy ese episodio, para quienes dedicamos buena parte de nuestra vida a rescatar y cuidar animales, esa historia representa una enorme contradicción ética. Personalmente, me resulta imposible ignorarla.
Como mujer que participa en política, también he experimentado el machismo. No siempre se manifiesta en insultos abiertos; muchas veces aparece como el desprecio hacia el trabajo de una mujer, la constante descalificación de sus capacidades o la necesidad permanente de demostrar que merece ocupar un espacio. Por eso me incomodó profundamente la manera en que Abelardo de la Espriella se refirió públicamente a figuras como Vicky Dávila y Paloma Valencia. Más allá de las diferencias políticas que cualquiera pueda tener con ellas, el tono y el trato reflejaban una forma de hacer política con la que no me identifico.
Lea también en Enfoque TeVé 360: https://enfoqueteve.com/los-retos-que-tiene-abelardo-de-la-espriella/
Finalmente, hubo una razón que terminó de inclinar mi decisión. Me considero conservadora, y desde esa posición entiendo que es posible encontrar coincidencias con sectores de derecha. Sin embargo, me preocupa que un aspirante presidencial colombiano se presente haciendo eco de intereses y narrativas propias del Partido Republicano de Estados Unidos, como si nuestra política debiera definirse desde referentes extranjeros.
Ser de derecha no significa renunciar a la autonomía nacional. Un ejemplo de ello es la primera ministra italiana, Giorgia Meloni, quien, pese a compartir posiciones ideológicas con Donald Trump en varios temas, ha dejado claro que la relación con Estados Unidos debe construirse desde la defensa de los intereses italianos y no desde la subordinación. Ese es el tipo de liderazgo que respeto, uno que coopera sin perder independencia.
Por todas estas razones decidí no votar por Abelardo de la Espriella. Como muchos otros ciudadanos, preferí votar en blanco. Fue una decisión triste, porque no encontré una candidatura que representara plenamente mis convicciones.
Soy conservadora, sí. Pero también creo en la solidaridad, en la subsidiariedad, en el respeto por la Constitución, en la democracia, en la dignidad de las mujeres y en la protección de los animales. Cuando un candidato entra en conflicto con esos principios, la coherencia exige renunciar a la conveniencia electoral. A veces, votar en blanco también es una forma de defender los valores que uno dice representar.