Opinión

No más violencia política

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Por: Mauricio Gutiérrez

La violencia política no puede seguir marcando el destino de un país que sueña con avanzar. No podemos resignarnos a que el miedo, la estigmatización y el odio se conviertan en herramientas para silenciar al que piensa distinto. Cuando la diferencia se convierte en motivo de agresión, no solo se pone en riesgo una vida, se pone en juego el futuro mismo de la democracia. Es momento de alzar la voz con dignidad y decir con firmeza y sin ambigüedades que ya basta.

Este país necesita menos enemigos y más ideas, menos confrontación y más propósitos comunes. Colombia no está condenada a repetir sus peores ciclos. Podemos detenernos, respirar y entender que no todo tiene que ser guerra, insulto o división. Podemos reconocer que nuestras diferencias no nos separan, sino que nos complementan. La verdadera riqueza de esta nación está en su diversidad de pensamientos, culturas, territorios y esperanzas. Ese debe ser nuestro punto de partida.

No se trata de estar todos de acuerdo. Se trata de garantizar que cada persona tenga derecho a expresarse sin temor, a participar sin ser amenazada, a disentir sin ser perseguida. No hay transformación posible sin libertad ni progreso sin respeto. La política debe recuperar su propósito noble, servir a la gente, resolver los problemas, abrir caminos de dignidad. Quien recurre al odio o a la violencia no quiere cambiar el país, quiere someterlo.

Hoy más que nunca necesitamos reencontrarnos como ciudadanos. Recordar que todos habitamos un mismo suelo y que, aunque pensemos diferente, compartimos una responsabilidad mayor, construir un país más justo, más seguro, más humano y de más oportunidades. Es tiempo de mirar hacia nuestros territorios y preguntarnos qué estamos haciendo para generar oportunidades reales. Qué sentido tiene la política si no transforma vidas, si no mejora las condiciones de nuestras comunidades, si no protege la esperanza.

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Es urgente cambiar el rumbo. La unidad no significa pensar igual, sino caminar juntos. Apostarle a la paz no es callar nuestras posturas, sino debatirlas con altura. Defender la vida no es un acto político, es un acto de humanidad. Lo que nos debe importar no es el partido, el color ni el discurso. Lo que debe importarnos es cómo garantizar educación, trabajo, salud, inclusión, seguridad, justicia y dignidad para todos. Lo que debe importarnos es cómo hacer de este país un lugar donde valga la pena vivir.

Hoy, desde el corazón de la razón y el alma del país, repito con convicción que no más violencia política. Que el respeto venza al odio. Que el diálogo supere el grito. Que la vida sea más fuerte que el miedo. Colombia no puede esperar más. La historia nos está mirando y el futuro nos está llamando. Es hora de responder, no con indiferencia, sino con grandeza. Que cada quien, desde donde esté, empiece a construir el país que todos merecemos.

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