Opinión
La estética de la obediencia
Por: José Julián Ñáñez Rodríguez – director del Doctorado en Ciencias de la Educación de la UT y Alejandra Barrios Rivera – magíster en Educación.
Basta comparar una fotografía de un interior actual, cualquiera que aparezca en una revista de decoración o en un anuncio de alquiler temporal, con una imagen de un salón del siglo XIX, cargado de terciopelos rojos, dorados y papeles tapiz estampados. La diferencia no es solo de gusto, es de temperatura cromática completa, del color denso pasamos al blanco, al gris y a la madera clara como sinónimo casi universal de buen gusto. Vale la pena preguntar cuándo ocurrió ese cambio y, sobre todo, quién lo decidió.
Durante siglos, el color no fue una elección libre sino un privilegio caro. El púrpura de Tiro, extraído de miles de moluscos para teñir apenas un manto, estuvo reservado a emperadores porque nadie más podía costearlo, y muchos pigmentos minerales exigían rutas comerciales tan largas y peligrosas que su sola presencia en un cuadro o un vestido anunciaba la riqueza de quien lo encargaba. De ahí que el color adquiriera un valor que desbordaba lo estético y se convirtiera también en una forma de distinción social, como explica Pastoureau (2005), la historia de los colores está estrechamente ligada a las condiciones materiales que hicieron posible su producción, circulación y uso. La llegada de los primeros tintes sintéticos, a mediados del siglo XIX, democratizó su acceso y, con ello, devaluó parte de su antiguo valor de estatus. En efecto, Pastoureau (2024) muestra cómo aquello que durante siglos había distinguido a las cortes comenzó a estar al alcance de sectores cada vez más amplios de la sociedad.
La democratización del color, sin embargo, no eliminó la necesidad de distinguirse, desplazó los códigos mediante los cuales esa distinción podía expresarse. Un siglo y medio después, esa transformación parece haber llevado la estética dominante hacia el extremo contrario, blancos, grises, madera clara, plantas verdes y espacios despojados se repiten en cafés, apartamentos de alquiler y oficinas de lugares muy distintos del mundo. El minimalismo, desde luego, no nació con las plataformas digitales, pero su expansión contemporánea difícilmente puede comprenderse sin atender a ellas. Chayka (2024) advierte que los algoritmos favorecen determinadas imágenes a partir de las dinámicas de interacción que producen, de modo que ciertos estilos, composiciones y paletas adquieren una visibilidad muy superior a otras. Cuando aquello que obtiene mayor visibilidad comienza, además, a reproducirse una y otra vez, la preferencia deja de parecer una tendencia entre muchas y empieza a presentarse como la forma natural de lo bello. Por eso, un mismo interior puede aparecer, con variaciones mínimas, en Nairobi, Portland o Bogotá, no porque todas esas sociedades hayan llegado espontáneamente a la misma idea de belleza, sino porque comparten plataformas que amplifican y reproducen determinados repertorios visuales.
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En el siglo XIX, la escasez del pigmento y el control de las rutas comerciales contribuían a determinar qué colores podían convertirse en signos de elegancia, hoy la lógica de la visibilidad algorítmica contribuye a determinar qué imágenes, formas y paletas terminan asociándose con la sofisticación. Antes intervenían el costo, el comercio y los códigos de las élites, ahora intervienen las plataformas, sus métricas de interacción y los patrones de visibilidad que reproducen, con la diferencia de que hoy esa influencia resulta mucho menos visible, ya no necesitamos que una autoridad nos diga qué es elegante, basta con que una estética aparezca frente a nosotros miles de veces hasta que terminemos reconociéndola como propia.

Cuestionar esta lógica no significa rechazar el minimalismo ni añorar el recargo victoriano, significa preguntarnos por las normas que aceptamos sin advertir que lo son, la neutralidad actual tiene tan poco de neutral como tuvo de libre la ostentación cromática del pasado. En este punto, la idea de desobediencia cotidiana que desarrolla Gros (2018) permite llevar la discusión un paso más allá, si desobedecer consiste también en sustraerse de normas que hemos aceptado sin examinarlas, entonces una decisión aparentemente insignificante, como pintar una pared de un color que el algoritmo no premia, puede convertirse en una forma de recuperar la propia capacidad de elección. Elegir un color hoy, en una pared, una prenda o un objeto, no es simplemente seguir un impulso estético, es también decidir apartarse de un estándar que, aunque se presente como sobrio y universal, responde a lógicas de visibilidad y repetición que antes estaban asociadas al poder y al dinero. Tal vez recuperar el color no consista en llenar nuevamente nuestras casas de rojo, azul o amarillo, sino en recuperar la pregunta que precede a cualquier elección, ¿esto me gusta porque lo elegí o porque aprendí a reconocerlo como buen gusto?
Referencias
Chayka, K. (2024). Mundofiltro: Cómo los algoritmos han aplanado la cultura (M. A. de Miquel, Trad.). Gatopardo Ediciones.
Gros, F. (2018). Desobedecer (J. Vivanco Gefaell, Trad.). Taurus. (Obra original publicada en 2017).
Pastoureau, M. (2005). Breve historia de los colores (D. Simonnet, Entrevistador). Paidós.
Pastoureau, M. (2024). Libro rojo: Historia de un color. Folioscopio.
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