Opinión
El machismo del petrismo es hablar del pene de Gustavo Petro
Por: Dahían García
La izquierda colombiana puede reproducir prácticas machistas tanto como la derecha. Y una de las formas más evidentes de ese machismo aparece cuando la discusión política termina girando alrededor del tamaño del pene, la virilidad masculina o la cantidad de mujeres con las que un hombre se ha acostado.
Me preocupa especialmente que quienes dicen defender los derechos sexuales y reproductivos de las mujeres, así como los derechos de las minorías, terminen justificando, celebrando o replicando comentarios sexistas cuando el protagonista es un dirigente con el que simpatizan políticamente.
Si Gustavo Petro convirtió aspectos de su sexualidad en tema de conversación pública durante sus intervenciones políticas, cabe preguntarse, ¿en qué se diferencia esa exposición de la lógica machista que aparece cuando Abelardo de la Espriella exhibe su entrepierna ante una periodista? Los contextos pueden ser distintos y cada episodio debe analizarse en sus propios términos, pero la pregunta de fondo sigue siendo válida, ¿por qué toleramos determinadas expresiones cuando vienen de alguien de nuestro mismo sector político?
El machismo no tiene ideología partidista. No desaparece porque quien lo ejerza se identifique con la izquierda, ni se vuelve más aceptable porque esa persona defienda, al menos en el discurso, los derechos de las mujeres. Del mismo modo, señalar una conducta sexista no exige simpatizar con la derecha ni justificar a sus representantes.
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Tampoco se trata de afirmar que todos los episodios sean idénticos o que cualquier referencia a la sexualidad constituya, por sí sola, machismo. Se trata de examinar el contexto, la intención, la forma en que se utiliza el cuerpo y el mensaje que se transmite, especialmente cuando la sexualidad se convierte en un recurso para provocar, presumir virilidad, humillar o desplazar una discusión pública hacia la genitalidad.
Lo verdaderamente preocupante es que sigamos normalizando estas conductas con el argumento de que «los hombres son así», como si la arrogancia sexual, la competencia por demostrar quién es más macho o la utilización del cuerpo como instrumento de provocación fueran comportamientos inevitables. No son inevitables, son prácticas culturales que podemos cuestionar y transformar.

Además, hay una contradicción evidente en defender la autonomía sexual y, al mismo tiempo, alimentar una cultura en la que la masculinidad se mide por el tamaño del pene o por la cantidad de conquistas sexuales. La libertad sexual consiste en poder vivir la sexualidad sin vergüenza, coerción ni discriminación; no en convertirla en una competencia de poder o superioridad masculina.
Y hay algo más: la coherencia ética exige aplicar los mismos principios a los propios y a los adversarios. Si condenamos el sexismo cuando viene de la derecha, debemos cuestionarlo también cuando aparece en la izquierda. De lo contrario, la defensa de los derechos termina subordinada a la lealtad partidista.
La pregunta, entonces, es sencilla: ¿vamos a seguir discutiendo quién tiene el pene más grande, quién es más viril o quién ha conquistado a más mujeres, o vamos a cuestionar de una vez esa cultura machista que reduce la masculinidad a una demostración de poder sexual?
Porque el progresismo no se demuestra únicamente con discursos sobre derechos. También se demuestra en la capacidad de reconocer y cuestionar las contradicciones propias.
El machismo no deja de ser machismo porque lo ejerza alguien de nuestro lado. Y la coherencia política empieza cuando somos capaces de criticar a los nuestros con el mismo rigor con el que criticamos a nuestros adversarios.
Aviso: Las opiniones en esta columna pertenecen exclusivamente al autor y no comprometen el pensamiento editorial de Enfoque TeVé 360. Abrimos este espacio como un ejercicio de libre expresión y pluralidad.