Opinión
El desempleo que baja sin que llegue el empleo
Por: Guillermo Naranjo
El DANE publicó que la desocupación en Ibagué bajó de 12,5% a 11,8% entre junio y agosto. Es una cifra que invita a celebrar, y sería un error hacerlo. En el mismo periodo la ciudad perdió 7.200 empleos. La tasa bajó no porque los ibaguereños consiguieran trabajo, sino porque 13.500 personas dejaron de buscarlo. Ibagué no está resolviendo su problema de empleo: lo está escondiendo.
Para entender la paradoja hay que mirar tres números a la vez, no solo uno. El primero es la tasa de desocupación, que mide cuántos de los que buscan trabajo no lo encuentran. El segundo es la tasa de ocupación, que mide cuántos de los que están en edad de trabajar efectivamente trabajan. El tercero es la participación, que mide cuántos están en el mercado laboral, trabajando o buscando.
En Ibagué los tres se movieron en direcciones que no cuadran con una buena noticia. La ocupación cayó de 52,5% a 50,4%. La participación cayó de 60,0% a 57,2%. La ciudad pasó de 221.600 a 214.500 ocupados, y las personas fuera de la fuerza laboral subieron de 168.600 a 182.100.
Dicho de otro modo: hoy solo la mitad de los ibaguereños en edad de trabajar tiene empleo. En el conjunto del país son casi 59 de cada 100. Y aun con la mejora, Ibagué sigue siendo la quinta ciudad con más desempleo entre 23, detrás de Quibdó, Cartagena, Sincelejo y Tunja, y 3,3 puntos por encima del promedio nacional.
Hay que ser justos con la tendencia larga. En el mismo trimestre de 2019 la desocupación era 16,3%; en 2020, con la pandemia, llegó a 35,9%. Desde entonces la ciudad ha recuperado terreno y hoy tiene unos 24.000 ocupados más que antes de la pandemia. El problema es que ese avance se frenó este año y empezó a devolverse.
La economía laboral tiene un nombre para lo que está pasando: el efecto del trabajador desalentado. Una persona que lleva meses buscando empleo sin resultado termina por dejar de buscar. Estadísticamente deja de ser desocupada y pasa a estar fuera de la fuerza de trabajo. Su situación no mejoró; solo cambió la casilla en la que la clasifica la encuesta. Por eso, cuando la desocupación cae al mismo tiempo que la participación, el economista debe desconfiar de la buena noticia.
El segundo concepto es la histéresis, estudiada por Olivier Blanchard y Lawrence Summers en los años ochenta. La idea es sencilla: el desempleo prolongado deja cicatrices. Quien pasa mucho tiempo sin trabajar pierde habilidades, contactos y confianza, y cada vez le cuesta más volver. Un desempleo alto por muchos años tiende a volverse estructural. Ibagué ha tenido tasas de dos dígitos durante toda la década, y eso pesa.
El tercero es la teoría del capital humano de Gary Becker. La educación y la formación aumentan la productividad y la empleabilidad, pero solo si existe un aparato productivo que demande esas capacidades. Cuando la ciudad forma profesionales que su economía no absorbe, aparece el desajuste: jóvenes preparados que emigran o que aceptan trabajos por debajo de su formación.
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Por último, la composición del empleo recuerda la idea de mercados laborales duales. Este año Ibagué perdió cerca de 5.300 puestos en administración pública, educación y salud, y unos 5.000 empleados del gobierno. Una ciudad cuyo empleo formal depende en buena parte del sector público queda expuesta a los ciclos de contratación estatal. La buena señal vino de la industria, que ganó unos 5.000 ocupados, y del transporte, con unos 2.600: allí está la pista de hacia dónde podría crecer la base productiva.
Pensemos en una familia cualquiera de un barrio de Ibagué. La mamá trabajaba por contrato en una entidad pública; el contrato terminó y no se renovó. Buscó durante meses, entregó hojas de vida, preguntó a conocidos. Un día decidió quedarse en casa cuidando a los niños y a la abuela, porque el cuidado también es trabajo, aunque nadie lo pague. Para la encuesta ya no es desempleada: está dedicada a oficios del hogar.
El hijo mayor terminó su carrera en una universidad de la ciudad. Envió hojas de vida a todas partes y solo le ofrecieron trabajos informales o muy por debajo de lo que estudió. Ahora está pensando en irse a Bogotá o fuera del país. Mientras decide, tampoco busca empleo aquí.
Esa familia no aparece en los titulares sobre la baja del desempleo, pero está dentro de las cifras. Es parte de esas 13.500 personas que salieron del mercado laboral. Cuando se habla de que «el desempleo bajó», hay que preguntarse cuántas casas como esa hay detrás del número.

El problema de fondo de Ibagué no es un mal trimestre: es una base productiva que no genera suficiente empleo para su población. Que solo la mitad de las personas en edad de trabajar esté ocupada significa que la ciudad desaprovecha buena parte de su talento. Y cuando la gente deja de buscar, la ciudad pierde algo más difícil de medir: la confianza en que aquí se puede salir adelante.
También hay que reconocer los límites de los datos. La muestra del DANE para Ibagué es de unos 800 hogares. Los cambios por sector de pocos miles de personas deben leerse como señales, no como verdades exactas. Pero la dirección de las tres tasas es consistente, y eso basta para encender las alarmas.
¿Qué podría hacer la ciudad? Propongo cuatro líneas:
1. Medir mejor y hablar con honestidad. Los informes oficiales deberían reportar la tasa de ocupación junto con la de desocupación. Celebrar solo la segunda lleva a conclusiones equivocadas.
2. Apostar por lo que está creciendo. La industria y el transporte mostraron dinamismo. Una agenda de desarrollo productivo debería fortalecer esas cadenas, con encadenamientos hacia el agro del Tolima.
3. Alinear la formación con la demanda. Universidades, SENA y empresas deben diseñar juntos los programas, para que el capital humano que la ciudad forma tenga dónde quedarse.
4. Reactivar a los desalentados. Programas de reentrenamiento, intermediación laboral y apoyo al cuidado permitirían que muchas personas, sobre todo mujeres, vuelvan al mercado laboral.
Las cifras son una fotografía, no la película completa. Un 11,8% de desocupación puede leerse como un avance o como una advertencia, y la diferencia está en qué preguntas nos hacemos. La pregunta correcta para Ibagué no es cuánto bajó el desempleo, sino cuántas personas más tienen hoy un trabajo digno. Y esa respuesta, por ahora, es menos que hace un año.
Una ciudad que se resigna a que la mitad de su gente no trabaje está renunciando a su propio futuro. Ibagué tiene universidades, ubicación estratégica y una región agrícola rica. Lo que falta es convertir esas ventajas en empleo. Ese debería ser el centro del debate público, y no el alivio de una tasa que baja por las razones equivocadas.
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