Opinión
El presupuesto o ser demócrata: dos situaciones que tumbaron a Lara
Por: Efran Lugo
La noticia política de esta semana, a nivel nacional, se dio con la inminente salida de Rodrigo Lara, ministro del Interior.
Tres situaciones pusieron a Lara en el ojo del huracán de Abelardo y de los jefes de Abelardo. No me refiero al pueblo colombiano, sino a unos supuestos personajes cercanos al presidente, quienes son los que le hablan al oído y lo llevan a tomar decisiones. De esta situación, seguramente, ya están enterados todos los altos funcionarios del Gobierno nacional.
Lara no era el ministro que esperaba la familia de la Patria Milagro, pues no logró los milagros esperados en el Legislativo. Recordemos que Abelardo, durante la campaña, dijo que él no “comía de senador”. Sin embargo, inició queriendo poner presidente del senado y terminó enfrentando los primeros tropiezos en el Congreso, situación que lo llevó a perder su primer round en el Legislativo.
En este escenario, el principal señalado fue el ministro del Interior. ¿Por qué? Porque, precisamente, el ministro del Interior es quien debe ejercer como interlocutor entre el Legislativo y el Ejecutivo; es decir, quien media, dialoga y negocia con el Congreso.
Por esta razón, casi siempre se designa para este cargo a una persona con experiencia en el Congreso, alguien que conozca sus dinámicas y, muy seguramente, que haya pasado por allí como senador o representante a la Cámara. Esto constituye, de alguna manera, una garantía para facilitar la relación entre el Gobierno y el Legislativo.
En este sentido, Lara debía jugar un papel fundamental, pero falló.
Un segundo “milagro” que se cayó, y que tuvo un impacto importante en la esfera política de la oposición, fue el procedimiento que se les dio a los debates en Senado y Cámara sobre el presupuesto general de la Nación.
Aquí cabe preguntarnos: ¿estaba todo fríamente calculado o fue un error del ministro de Hacienda que terminó haciendo que el “pagano” fuera otro?
Esta situación llevó al Pacto Histórico a celebrar, y no solamente por la distribución del presupuesto, sino porque demostró que el Gobierno de Abelardo todavía sigue improvisando, a pesar de contar con ministros que anteriormente han ocupado otras carteras en gobiernos anteriores o que ya habían hecho parte del Gobierno.
Y llegamos al tercer momento, que, en mi opinión, fue el que realmente detonó la situación y levantó los cabellos del presidente y de quienes están detrás de él, aquellos que le hablan al oído.
Me refiero al momento en el que Lara manifestó que era un hombre liberal y demócrata y sostuvo que Bernardo Jaramillo Ossa, líder de la Unión Patriótica, excandidato presidencial asesinado, debería tener un lugar en la memoria histórica del país y, particularmente, en el museo.
Para un buen conocedor de la política y de la radicalidad que existe en algunos sectores, este pudo haber sido el verdadero escenario que llevó a Abelardo a tomar la decisión de apartar a Lara. Una decisión que, aunque aparentemente se produjo de manera informal a través de la red social X, terminó siendo una especie de despido público.

Al mismo tiempo, Abelardo le da la bienvenida a Ordóñez, quien, a mi juicio, no representa precisamente el perfil de un demócrata, sino el de un hombre de posiciones radicales y ultraconservadoras.
Ordóñez tendrá que enfrentarse a un Congreso en el que, en la mayoría de los partidos políticos, existen congresistas con orientaciones sexuales diversas; un Congreso en el que muchas mujeres han defendido posiciones favorables a la interrupción voluntaria del embarazo y en el que existen profundas discusiones alrededor de los derechos de las mujeres.
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Además, Alejandro Ordóñez ha sido uno de los principales opositores al derecho al aborto. Por eso, considero que su perfil no es necesariamente el que necesita el Ministerio del Interior para afrontar el complejo escenario político que se avecina.
Desde mi opinión, lo ocurrido con Abelardo demuestra la existencia de un Gobierno cada vez más radical y deja entrever una posible crisis institucional interna.
Ahora tendremos que esperar cómo le va a Ordóñez en su relación con el Congreso, especialmente frente a la reforma tributaria, que sí o sí deberá presentarse, y frente a la ley de sometimiento.
Será allí donde podremos determinar si el cambio en el Ministerio del Interior fue realmente una estrategia política calculada o simplemente una decisión producto de las presiones y de quienes hoy le hablan al oído al presidente.
Porque, al final, la pregunta sigue siendo la misma: ¿lo que tumbó a Lara fue el presupuesto o haber demostrado que también era demócrata?
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