Opinión

Vivir sin sentir

Published

on

Por: José Julián Ñáñez Rodríguez – director del Doctorado en Ciencias de la Educación de la UT y Alejandra Barrios Rivera – magíster en Educación.

Nunca antes la humanidad había tenido tantas fuentes de placer disponibles; y sin embargo una proporción significativa de personas declara no encontrar satisfacción en ninguna de ellas. Esa contradicción merece ser leída con cuidado, no como fenómeno masivo ni como diagnóstico generacional, sino como una pregunta sobre qué condiciones hacen posible que el placer desaparezca justo cuando más se lo ofrece. La anhedonia  la pérdida de capacidad para experimentar placer es el nombre clínico de esa experiencia; su presencia creciente en el lenguaje cotidiano de personas que no tienen diagnóstico invita a preguntas que van más allá del consultorio.

La OMS estima que al menos 280 millones de personas padecen depresión en el mundo, un 18% más que hace una década (OMS, 2025); y la anhedonia figura como uno de sus síntomas centrales. Lo que interesa aquí no es el diagnóstico sino el deslizamiento. Cada vez más personas sin trastorno clínico reconocen en la anhedonia algo de su experiencia cotidiana  esa sensación de hacer las cosas sin que ninguna las mueva, de estar presentes sin estar ahí — sin que eso signifique que todos la padecen ni que sea una condición inevitable. Ese reconocimiento merece atención, no alarmismo; y sobre todo, merece ser examinado en el contexto que lo produce.

Una parte de ese contexto tiene nombre preciso. Han (2012) describió una sociedad del rendimiento en la que el sujeto se autoexplota convencido de que lo hace libremente; trabaja más, produce más, se optimiza más, y se agota en el intento. Foucault (2007) anticipó la figura del empresario de sí mismo, ese sujeto que se gestiona como una empresa y mide su valor en términos de resultados, eficiencia y crecimiento permanente. En ese marco, el coaching, el estoicismo apropiado como técnica de productividad y la cultura del alto rendimiento no son fenómenos inocentes; construyen una narrativa en la que la tristeza es ineficiencia, la vulnerabilidad es debilidad y el placer solo está legitimado si es productivo o visible. Paradójicamente, ese discurso no amplifica la capacidad de sentir sino que la embota; porque convierte cada emoción en un recurso a gestionar y cada momento de vacío en un fracaso personal que hay que corregir, no en una señal que hay que escuchar.

La anhedonia, sin embargo, no se agota en lo clínico ni en lo sociológico; tiene también una textura filosófica que vale la pena examinar. Frankl (2015) argumentó que la pérdida de sentido precede con frecuencia a la pérdida de placer; cuando no hay un para qué que organice la experiencia, el qué deja de importar. Camus (2013) planteó que el absurdo no es la ausencia de sentido sino la tensión entre la necesidad humana de encontrarlo y el silencio del mundo frente a esa necesidad. La anhedonia contemporánea podría leerse, en algunos casos, como una forma de rendirse ante ese silencio, de dejar de buscar antes de haber encontrado. Eso no es un destino; es una posición. Y como toda posición, puede examinarse.

Le puede interesar: ¿Qué mundo le ofrecemos a los que aún no han nacido?

En contextos como el colombiano, la pérdida de placer tiene raíces distintas a las de una sociedad saturada de estímulos. En el primer año de la pandemia de COVID-19, la prevalencia mundial de la ansiedad y la depresión aumentó un 25% (OMS, 2022); en América Latina ese incremento se dio sobre una base ya fragilizada por años de desigualdad estructural, incertidumbre acumulada y agotamiento que no tiene nombre clínico pero que tampoco desaparece porque alguien publique una frase motivacional. No es lo mismo perder el placer porque hay demasiado que elegir, que perderlo porque hace demasiado tiempo que no hay nada que celebrar; y confundir ambas experiencias bajo el mismo rótulo es una forma de no entender ninguna de las dos.

¿Usted sabe distinguir entre no sentir placer porque está agotado, porque el mundo no le da razones suficientes para sentirlo, o porque aprendió a desconfiar de sus propias emociones como señales válidas? La pregunta no es retórica ni tiene una respuesta en estas líneas. Tiene una respuesta en el tipo de pausa que cada quien es capaz de hacerse; y en si acaso ese silencio todavía dice algo.

Referencias

Camus, A. (2013). El mito de Sísifo. Alianza Editorial. (Obra original publicada en 1942)

Foucault, M. (2007). Nacimiento de la biopolítica. Fondo de Cultura Económica. (Obra original publicada en 1979)

Frankl, V. (2015). El hombre en busca de sentido. Herder. (Obra original publicada en 1946)

Han, B.-C. (2012). La sociedad del cansancio. Herder.

OMS. (2022). La pandemia de COVID-19 provoca un aumento del 25% en la prevalencia de la ansiedad y la depresión en todo el mundo. https://www.who.int

OMS. (2025). Atlas de salud mental 2024. https://www.who.int

 

Más Recientes

Salir de la versión móvil