Opinión
Si el ministro piensa en su familia, ¿quién piensa en las familias damnificadas?
Por: Dahian García Covaleda
Hay respuestas que explican un escándalo y hay respuestas que terminan explicando por qué el escándalo se volvió más grande.
La del ministro de Vivienda, Jaime Andrés Beltrán, respondió frente a la polémica y nos dejó con más dudas.
Después de las imágenes que lo mostraron en una playa de Santa Marta mientras el país atravesaba una emergencia que golpeó a miles de familias, Beltrán salió a responder. Y su respuesta fue, en esencia, que no estaba de vacaciones, que había seguido trabajando y que también tenía derecho a ver a su esposa y a sus hijos.
El argumento tiene una parte difícil de discutir, los ministros también tienen familia. No dejan de ser padres, esposos o seres humanos cuando reciben un cargo público.
Pero ese no era realmente el problema.
El problema era otro: el mensaje político de estar en una playa cuando el ministerio que dirige debía estar en el centro de una emergencia nacional.
En política, especialmente en un gobierno que llegó prometiendo eficiencia y ruptura con las viejas prácticas, la percepción también importa. Y mucho. Un ministro no solamente administra recursos y firma resoluciones. También representa al Estado cuando los ciudadanos están mirando qué tan en serio se está tomando una crisis.
Beltrán decidió responder defendiendo su derecho a tener vida familiar. Pero nadie le estaba reclamando por querer a su familia.
La pregunta era si, dadas las circunstancias, era prudente estar allí.
Y esa pregunta sigue sin respuesta.
Más llamativo todavía es que el ministro haya optado por anunciar que no piensa renunciar. Es una decisión legítima. Finalmente, la permanencia de un ministro no depende de las redes sociales ni de los titulares, sino de la confianza del presidente y, eventualmente, de los mecanismos de control político.
Pero decir “no voy a renunciar” no resuelve el problema político. Apenas lo convierte en una pelea de resistencia.
Y ahí aparece una característica cada vez más evidente de la política colombiana, cuando un funcionario enfrenta una controversia, la primera reacción suele ser demostrar que no hizo nada ilegal.

Pero gobernar no consiste únicamente en evitar delitos.
También consiste en tener criterio.
Un ministro puede no haber violado ninguna norma y, aun así, haber cometido un error político. Puede haber trabajado desde la distancia y, aun así, haber transmitido una señal equivocada. Puede tener derecho a descansar y, aun así, haber elegido el peor momento posible para hacerlo.
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La política está llena de decisiones perfectamente legales que resultan políticamente indefendibles.
Por eso la respuesta del ministro deja una sensación incómoda. En vez de decir: “Entiendo que fue un error de oportunidad, entiendo la indignación y debí manejarlo de otra manera”, Beltrán escogió una defensa cerrada, yo puedo ser ministro y también padre y esposo.
Claro que puede.
Pero precisamente porque puede hacer ambas cosas, la discusión no debería ser sobre su familia. Debería ser sobre su criterio.
Un funcionario público no tiene que renunciar cada vez que comete un error. Pero sí debería ser capaz de reconocerlo.
Y ahí está quizás el verdadero problema de este episodio.
No es la playa.
No son las fotografías.
Ni siquiera es, en sentido estricto, si trabajó o no trabajó durante esos días.
Es la incapacidad de un funcionario para entender que, en determinados momentos, la responsabilidad pública exige algo más que cumplir formalmente con las funciones del cargo.
Exige estar donde la ciudadanía espera que esté quien tiene la responsabilidad de responder.
Y cuando un país acaba de atravesar una tragedia, el lugar simbólico de un ministro de Vivienda no es una playa.
Es donde están las familias que perdieron su casa.
Beltrán decidió no renunciar. Está en todo su derecho.
Ahora tendrá que demostrar algo mucho más difícil: que tampoco perdió la confianza de quienes esperan que el Estado aparezca cuando más lo necesitan.
Porque en política, a veces el problema no es que un ministro se vaya.
Es que se quede y consiga convencer a todos de que no pasó nada.
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