domingo, 30 de noviembre de 2025 03:46

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Opinión

Que no nos sigan viendo la cara

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Por: Alba Lucía García

Cuando Gustavo Petro pretende escoger qué leyes obedecer, no estamos frente a una polémica, estamos frente a una amenaza.
La verdad no está en extinción. Lo que está en extinción es la vergüenza de la clase política que se niega a reconocerla. Si el Consejo Nacional Electoral sancionó a la campaña de Gustavo Petro por violar los topes electorales, es porque encontró pruebas suficientes. Esto ya no es opinión ni chisme: es un hecho grave que golpea la legitimidad del poder.

Aquí no caben los rodeos. La campaña de Gustavo Petro no respetó las reglas del juego. Y cuando alguien rompe las reglas para ganar, eso tiene un nombre claro: trampa. Petro es un tramposo. La democracia no puede funcionar si quienes pretenden dirigirla entran al partido con ventaja indebida. Así de simple.

Es preocupante la violación del tope. Sin embargo, lo verdaderamente alarmante es la reacción: Gustavo Petro anuncia que no acepta la sanción. Como si la autoridad electoral fuera opcional. Como si cumplir la ley fuera un gesto de buena voluntad. Como si uno pudiera elegir qué decisiones acatar y cuáles ignorar según le convenga.

En cualquier democracia seria esto encendería todas las alarmas. En Colombia, tristemente, algunos intentan maquillarlo como un “desacuerdo”. Y no lo es. Es un desafío directo a las instituciones. Es un insulto a una ciudadanía que sí cumple la ley todos los días.

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Cuando una campaña se pasa de topes, no es solo un “error administrativo”. Ese dinero sale de algún lado. Y al final, las consecuencias regresan a los bolsillos de quienes producen: los comerciantes, los emprendedores, los que generan empleo. La corrupción siempre se factura al que trabaja.

Aquí hay responsabilidades claras: de Gustavo Petro, de su campaña y de los partidos y personajes que lo respaldaron. Hoy guardan silencio o intentan justificar lo injustificable. Les corresponde reconocer el error. No por estética, sino por ética.

Y ahora, traigamos esto a la región. El Tolima no puede seguir siendo tierra fértil para la “viveza electoral”. Aquí las reglas se respetan. Y quien las rompe debe asumir las consecuencias. Porque quien hace trampa para llegar, hace trampa para gobernar. Y eso lo pagamos todos, especialmente quienes sostienen el territorio con trabajo honrado.

La democracia necesita decencia. Necesita un relevo que deje por fuera las malas prácticas y nos devuelva algo tan básico como la confianza. Y el Tolima el que produce, el que emprende, el que abre sus negocios cada día no puede resignarse a menos.