sábado, 4 de abril de 2026 10:17

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Opinión

¿Qué celebramos cuando celebramos la semana de Pascua?

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Por: José Julián Ñáñez Rodríguez – director del Doctorado en Ciencias de la Educación de la UT y Alejandra Barrios Rivera – magíster en Educación.

Cada año, con la regularidad que impone el calendario, millones de personas en Colombia y el mundo celebran la Semana Santa desde lugares muy distintos: la fe sincera, la tradición familiar heredada sin demasiadas preguntas, el descanso merecido o la oferta turística que llena de viajeros los destinos más concurridos del país. Esa pluralidad no es contradicción ni hipocresía; es, en sí misma, una pista sobre qué le ocurre a un ritual cuando las sociedades cambian y él permanece.

Cabe resaltar que la Pascua no comenzó con el cristianismo ni con los rituales de primavera del norte de Europa. Su raíz más profunda está en el Pésaj hebreo, que conmemora la liberación del pueblo judío de la esclavitud en Egipto hace más de tres mil años. Lo que distingue al Pésaj de una simple celebración histórica es que la Torá lo instituyó como mandato de memoria colectiva permanente. El ritual no era una opción cultural sino una obligación de no olvidar; una forma de hacer presente, año tras año, que la libertad no es un estado natural sino una conquista que puede perderse. El cristianismo no llegó a esa tradición desde afuera. Con la llegada de Jesús, la celebración ya no fue un recordatorio de la liberación del yugo del faraón sino de la muerte misma.

Al respecto, Hutton (1996) documentó cómo las culturas agrarias del norte de Europa celebraban la llegada de la primavera con rituales de fertilidad y renacimiento que antecedían al cristianismo por siglos; el huevo como símbolo de nueva vida, el conejo vinculado a los ciclos lunares, la fecha atada al equinoccio. Cuando el cristianismo se expandió por esos territorios no borró esas tradiciones, sino que las resignificó, anclándolas en un relato histórico concreto: un cuerpo, una fecha, un nombre propio. Fue el Concilio de Nicea, en el año 325, el que estableció el marco litúrgico que hoy reconocemos — la fecha móvil, el triduo pascual, la secuencia de muerte, espera y resurrección — consolidando una festividad que ya no era solo estacional sino teológica (Mosshammer, 2008).

Esa capacidad de incorporar sin borrar es lo que Eliade (1998) llamaba la vitalidad de un símbolo religioso; su aptitud para acumular capas de sentido a través del tiempo sin perder su núcleo, que en el caso de la Pascua es uno de los gestos más radicales de la tradición judeocristiana: la afirmación de que la muerte no tiene la última palabra. Lo que el ritual hace con ese núcleo, sin embargo, depende de las condiciones en que se celebra. Eliade (1998) señaló que para el hombre religioso el tiempo no es homogéneo ni continuo; existen intervalos sagrados en los que el tiempo ordinario se interrumpe y algo esencial regresa.

La Semana Santa fue durante siglos exactamente eso: una ruptura en la rutina que obligaba a detenerse, a conmemorar, a reconocer que había algo que no podía reducirse al calendario laboral. Han (2020) argumentó que esa función de interrupción es precisamente lo que los rituales cumplen en cualquier sociedad; no son superstición ni protocolo vacío, sino formas de dar estructura simbólica al tiempo y de crear comunidad alrededor de algo que trasciende al individuo. El problema que Han identifica con precisión es que las sociedades orientadas hacia la satisfacción inmediata y la experiencia consumible han vaciado progresivamente ese contenido; no suprimiendo los rituales sino manteniéndolos en su forma exterior mientras se evacúa lo que les daba sentido.

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En Colombia la Semana Santa no es una festividad menor; las procesiones de Popayán, declaradas Patrimonio Cultural de la Nación (UNESCO, 2009), llevan siglos convocando comunidades enteras alrededor de un relato que mezcla fe, identidad territorial y memoria colectiva. Pero junto a esa ritualidad viva coexisten los embotellamientos en las vías hacia el mar, los paquetes turísticos que llenan los destinos de descanso y los centros comerciales que lanzan sus campañas de huevos de chocolate semanas antes del Viernes Santo.

Nada de eso es en sí mismo reprochable; lo que sí merece examinarse es si en ese tránsito de lo sagrado a lo recreativo estamos perdiendo algo que no sabemos muy bien cómo nombrar, pero que tiene que ver con la capacidad de detenernos colectivamente a preguntarnos por algo más grande que el fin de semana. Quizás el problema no sea que celebremos la Pascua de maneras distintas a como se celebraba hace siglos; las capas siempre se han superpuesto y la festividad siempre supo incorporarlas.

El problema es que la celebremos sin detenernos a preguntarle qué nos dice sobre la muerte, el renacimiento y el tipo de mundo que habitamos; en un tiempo en que hemos dejado de interrogarnos por las preguntas que durante siglos le dieron sentido a la existencia; si hay algo después, si la felicidad es posible, si la fe en algo — en lo que sea — nos hace más o menos humanos. No son preguntas religiosas solamente; son preguntas filosóficas de fondo que las sociedades contemporáneas han ido aplazando.

Referencias

Eliade, M. (1998). Lo sagrado y lo profano. Paidós. (Obra original publicada en 1956)

Han, B.-C. (2020). La desaparición de los rituales. Herder.

Hutton, R. (1996). The stations of the sun: A history of the ritual year in Britain. Oxford University Press.

Mosshammer, A. A. (2008). The Easter computus and the origins of the Christian era. Oxford University Press.

UNESCO. (2009). Las procesiones de Semana Santa de Popayán. Lista Representativa del Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad. https://ich.unesco.org/es/RL/las-procesiones-de-semana-santa-de-popayan-00259

Aviso: Las opiniones en esta columna pertenecen exclusivamente al autor y no comprometen el pensamiento editorial de Enfoque TeVe. Abrimos este espacio como un ejercicio de libre expresión y pluralidad.