Opinión
Por la salud de Óscar: el poder en el Tolima entre la solidaridad y el odio
Por: Efran Daniel Lugo
Hace unos días, los medios de comunicación del departamento dieron a conocer una noticia que generó preocupación: el senador Óscar Barreto, líder de la hoy consolidada casa política Conservadora en el Tolima, sufrió graves quebrantos de salud que lo llevaron a la Unidad de Cuidados Intensivos de una clínica en la capital.
Este hecho no solo encendió las alarmas sobre su estado de salud, sino que también dejó al descubierto una realidad incómoda del mundo político: mientras muchos elevan oraciones y desean su pronta recuperación, otros, en silencio o sin disimulo, esperan lo contrario.
El ejercicio político, que debería estar guiado por el servicio, se ha convertido en un escenario donde la rivalidad extrema ha normalizado el deseo de ver caer al otro. Ya no basta con derrotar ideas o proyectos; ahora parece necesario destruir al adversario. Y en ese camino no solo se arruinan trayectorias políticas, también se frena la transformación que los territorios necesitan.
Hemos sido cómplices de esa cultura. La lucha por el poder ha alimentado el egoísmo, la polarización y, en algunos casos, sentimientos que cruzan la línea de lo político hacia lo personal y lo humano. Incluso dentro de los mismos círculos de poder, hay quienes ven en la debilidad del otro una oportunidad, no una razón para la reflexión.
Es cierto: los liderazgos deben renovarse. El poder no es eterno. Pero una cosa es la alternancia democrática y otra muy distinta es esperar la desaparición del otro para abrir espacio.
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Ningún actor político está acabado. Solo lo está cuando se apaga la luz de su vida.
También hay que decirlo con claridad: el verdadero poder no se mide por el control electoral ni por la permanencia en las estructuras, sino por el legado que se deja en la gente. No cualquiera logra quedarse en el corazón de las comunidades. Quien lo consigue puede afirmar que cumplió el propósito de la política: servir y transformar vidas.

Pero esta coyuntura también debe ser un llamado a la reflexión. El poder, cuando se vuelve una necesidad permanente, suele pasar factura. Puede dar estatus, influencia y reconocimiento, pero no garantiza tranquilidad, equilibrio ni salud.
Óscar, aunque no comparto su línea política y he discrepado de muchas de las formas en que se ha ejercido el poder en el departamento, no puedo, como tolimense, ser indiferente. La diferencia política no puede convertirse en mezquindad humana. Por eso, mi deseo sincero es su pronta recuperación.
Y ojalá este momento también sea una oportunidad para algo que en la política pocas veces se hace: detenerse, mirarse a sí mismo y entender que el mayor servicio no siempre es acumular más poder, sino encontrar el equilibrio necesario para vivir, servir y permanecer.
Porque al final, más allá de los cargos y las victorias electorales, el verdadero liderazgo es el que permite decir, con vida y con serenidad: aquí sigo, y lo que hice valió la pena.