Opinión
Pan pa’ hoy, hambre pa’ mañana
Por: Juan Esteban Espinel
La inconveniencia del aumento del salario mínimo en el contexto económico colombiano.
Colombia acaba de aprobar uno de los aumentos más contundentes de los últimos años al salario mínimo: cerca de 22,7 % para 2026, fijando el ingreso mínimo legal en 1,75 millones de pesos mensuales, sin contar el auxilio de transporte, lo que eleva el ingreso total para muchos trabajadores hasta la cifra redonda de 2 millones de pesos.
A primera vista, un salto de esa magnitud parece una victoria para la clase trabajadora. Sin embargo, tras la sonrisa del incremento salarial, acechan efectos adversos que ponen en riesgo la competitividad del tejido empresarial, presionan la inflación y, paradójicamente, deterioran el poder adquisitivo real que se pretende proteger. Esta es la tragedia de la política de salario mínimo… Pan pa’ hoy, hambre pa’ mañana:
- El desequilibrio entre costos laborales y productividad:
La lógica técnica de los ajustes salariales saludables en una economía sana, recomienda que, el aumento del salario mínimo se alinee con la inflación más la productividad de los trabajadores. Esto se basa en la teoría económica clásica y se aplica incluso en procesos de negociación colectiva. 
Sin embargo, en Colombia las cifras más recientes muestran que:
- La Productividad Total de los Factores (PTF) creció apenas un 0,91 % en 2025, mientras que la inflación rondó más del 5 %. 
- Un incremento salarial por encima de estos parámetros no se sustenta en incrementos proporcionales de productividad, lo que significa que los costos laborales se elevan sin que el valor agregado económico lo compense.
En estas circunstancias, muchas pequeñas y medianas empresas, que constituyen más del 95 % del tejido productivo nacional según patrones de mercado en economías comparables, ven cómo la proporción del ingreso mínimo respecto a su salario promedio se eleva peligrosamente, encareciendo la nómina laboral.
- Presiones inflacionarias, el efecto dominó de subir salarios a lo loco:
Los aumentos arriba de la inflación pueden, irónicamente, generar más inflación, fenómeno predicho por modelos como la curva de Phillips y confirmado en estudios empíricos donde los costos laborales tienden a trasladarse, al menos parcialmente, a los precios finales de bienes y servicios. 
Analistas colombianos y gremios empresariales ya alertan que un reajuste excesivo del salario mínimo tendría efectos inflacionarios adicionales, dificultando que el Banco de la República cumpla su meta y presionando el costo de vida hacia arriba. 
Esta cadena, salario más alto → costos más altos para empresas → precios más altos para consumidores, puede provocar que el poder adquisitivo real de los trabajadores no solo no mejore, sino que incluso se deteriore al aumentar los precios de la canasta básica y servicios esenciales.
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- Riesgo de informalidad y desempleo encubierto:
Si bien la teoría económica estándar predice pérdidas de empleo ante aumentos de salarios por encima del punto de equilibrio entre oferta y demanda de trabajo, en economías como la colombiana este efecto puede manifestarse de forma más sutil: crecimiento de la informalidad laboral.
Organizaciones financieras internacionales como J.P. Morgan advierten que el mayor costo laboral podría impulsar a empresas incapaces de absorber los incrementos de nómina a recontratar fuerza de trabajo de manera informal o incluso reducir plantillas, especialmente en sectores intensivos en mano de obra. 
Además, la informalidad laboral en Colombia ya supera niveles considerables y se ve incentivada cuando los costos formales del empleo superan la capacidad de pago de las empresas, fenómeno que no siempre se refleja inmediatamente en las cifras oficiales de desempleo, pero sí en la precarización del trabajo.
- El espejismo de la ganancia real:
Es importante subrayar que subir el salario nominal no equivale automáticamente a un aumento del poder adquisitivo real. El salario nominal puede crecer, pero si los precios de los bienes y servicios suben más rápido o al mismo ritmo, la capacidad de compra del ingreso real se erosiona. 
Esto se ha visto incluso en comportamientos de mercado recientes, donde aumentos salariales anteriores han terminado siendo absorbidos por la inflación de precios, dejando a los trabajadores con poco o ningún beneficio neto estructural. 
- Conclusión: Una política populista con factura a largo plazo
Subir el salario mínimo puede sonar (y en corto plazo parecer) como una política popular y bienintencionada. Pero si no está anclada a fundamentos técnicos de productividad, inflación y competitividad empresarial, se convierte en un arma de doble filo.
La historia reciente muestra que ajustes desbordados en el salario mínimo pueden:
- Presionar al alza los precios y erosionar el poder adquisitivo que buscan proteger.
- Incrementar la carga sobre empresas, especialmente las más vulnerables.
- Incentivar la informalidad laboral, reduciendo la calidad del empleo.
- Deteriorar la inversión y la competitividad, afectando el crecimiento sostenible.
Pan para hoy podría traducirse en hambre para mañana si no se equilibra la justicia social con la sostenibilidad económica. Una política salarial responsable requiere más que cifras redondas, necesita rigor técnico, consenso empresarial y visión de largo plazo para que el salario no sea simplemente un número en un papel, sino un instrumento real para mejorar la vida de todos.
