martes, 17 de febrero de 2026 12:15

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Opinión

Más allá del algoritmo: Lo que la Inteligencia Artificial no puede reemplazar

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Por: Eder Andrés Ballesteros Ortiz

En los últimos meses, es imposible abrir un periódico o una red social sin encontrarse con dos letras que parecen estar reescribiendo el futuro: IA (Inteligencia Artificial). Se habla de robots que escriben poesía, programas que crean imágenes artísticas en segundos y sistemas que aprueban exámenes universitarios. Ante este tsunami tecnológico, la pregunta que escucho con más frecuencia en las calles y aulas de Colombia no es técnica, sino profundamente humana: «¿Nos vamos a quedar obsoletos?».

Como ingeniero, mi respuesta es clara: la IA no es un reemplazo, es un amplificador. Imaginemos a la Inteligencia Artificial no como un rival que viene a quitarnos el puesto, sino como una calculadora muy potente. Hace décadas, temíamos que las calculadoras atrofiaran nuestra mente matemática; en cambio, nos liberaron del cálculo tedioso para permitirnos enfocarnos en resolver problemas complejos. La IA viene a hacer lo mismo: procesar datos, automatizar tareas repetitivas y organizar la información a una velocidad que ningún cerebro humano podría igualar.

Sin embargo, hay una frontera que la máquina no ha logrado cruzar y, que hasta donde sabemos, la máquina no ha logrado cruzar: la consciencia y la empatía. Un algoritmo puede redactar una carta de condolencias perfecta gramaticalmente, pero no siente el dolor de la pérdida. Puede diagnosticar una enfermedad basándose en millones de datos, pero no puede tomar la mano del paciente para darle esperanza. La tecnología puede simular emociones, pero no experimentarlas. En un mundo cada vez más automatizado, las cualidades que nos hacen humanos la ética, la creatividad, la compasión y el juicio crítico— se vuelven más valiosas que nunca.

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El verdadero peligro no es que las máquinas piensen como humanos, sino que los humanos empecemos a vivir como máquinas: fríos, automáticos y sin propósito. El reto que tenemos hoy en la educación y en el trabajo por citar algunos ejemplos: un docente que usa IA para planear clases, un médico apoyado por diagnósticos automatizados, un estudiante que aprende a preguntar mejor- es dejar de competir con el robot en lo que él hace mejor (procesar información) y potenciar lo que nosotros hacemos mejor (conectar, inspirar y crear).

La invitación es a perder el miedo y abrazar la curiosidad. Usemos estas herramientas para liberarnos de la carga operativa y tener más tiempo para lo esencial: pensar, compartir y construir sociedad. La Inteligencia Artificial es un motor increíble, pero el volante, la dirección y, sobre todo, el destino, deben seguir estando firmemente en manos humanas.