Opinión
Marzo con M de Mujer
Por: José Julián Ñáñez Rodríguez – director del Doctorado en Ciencias de la Educación de la UT y Alejandra Barrios Rivera – magíster en Educación.
Colombia tiene razones para conmemorar el 8 de marzo, y también razones para inquietarse. Las mujeres representan el 51,2% de la población y hoy ocupan el 29,15% de las curules del Congreso, un avance real si se compara con el 9,8% que tenían en 1994 (Sisma Mujer, 2022). La legislación en materia de género se ha ampliado, y hay generaciones de mujeres que ocupan hoy espacios que sus madres no imaginaron posibles. Pero junto a esos avances, la Defensoría del Pueblo registró 745 feminicidios solo entre enero y octubre de 2024 (Defensoría del Pueblo, 2024), las brechas salariales se administran sin cerrarse, y el sujeto-mujer que habita los discursos institucionales pocas veces coincide con las mujeres concretas que viven en los territorios más golpeados del país. El problema no es que se conmemore ni que se piense. Es que se piensa, casi siempre, desde los mismos conceptos de siempre.
Esos conceptos tienen un origen preciso. El discurso dominante sobre las mujeres se construyó, en su mayor parte, dentro de la tradición liberal occidental; igualdad de derechos, acceso a oportunidades, eliminación de barreras formales. Es un discurso que ha producido transformaciones reales y que no merece descartarse. Pero sí merece examinarse, porque fue diseñado pensando en un sujeto particular —urbano, letrado, con acceso al sistema— y porque su lógica central sigue siendo la de incluir a las mujeres en estructuras existentes, sin preguntarse demasiado si esas estructuras merecen ser habitadas tal como están, ni quiénes quedaron por fuera de esa conversación desde el principio.
Fraser (2015) señaló que existe una diferencia fundamental entre redistribuir y reconocer. Las políticas de igualdad de género que predominan en los Estados contemporáneos operan casi siempre en la primera lógica; garantizar acceso a los mismos espacios, cargos y recursos. El presupuesto que sostiene esa aspiración es que las estructuras dentro de las cuales se redistribuye son neutrales o al menos deseables. Pero un mercado laboral que precariza, una academia que cronometra la productividad, una política que espectaculariza la representación, no se vuelven menos problemáticos porque más mujeres accedan a ellos. La igualdad entendida solo así termina midiendo el avance con un mecanismo que reproduce, las condiciones que generaron la desigualdad.
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A eso se suma lo que Arendt (2009) permite ver al distinguir entre la labor, el trabajo y la acción, siendo esta última la dimensión propiamente política del ser humano; el aparecer en el espacio público, el inaugurar algo nuevo con otros. Cuando los discursos institucionales hablan de las mujeres casi exclusivamente desde el registro del daño acumulado —lo que se les negó, lo que aún se les debe— construyen un sujeto definido por su carencia. Y desde la carencia se espera reparación, no se inaugura nada nuevo. Esto no invalida la memoria histórica ni la exigencia de justicia. Pero sí obliga a preguntarse si ese es el único lugar desde el que podemos pensar, o si hay otros registros que permitan reconocer también la potencia de quienes ya están transformando, organizando y construyendo sin esperar que nadie se los autorice.

En Colombia esa pregunta tiene un peso específico. Al respecto, Segato (2016) argumentó que el cuerpo de las mujeres ha funcionado históricamente como un territorio sobre el que se inscriben relaciones de poder y se afianzan jerarquías que van mucho más allá de lo individual. Las mujeres rurales, indígenas y afrodescendientes que han sostenido comunidades enteras en medio de la guerra, que han reconstruido tejido social donde el Estado no llegó, que portan formas de conocimiento y de organización política propias, son prácticamente invisibles dentro del sujeto-mujer que aparece en las celebraciones institucionales del 8M. No porque nadie las nombre, sino porque los marcos desde los que se les nombra no alcanzan a contener lo que ya están haciendo.
Quizás la pregunta más honesta que podríamos hacernos cada marzo no sea cuánto hemos avanzado, sino desde qué lugar estamos mirando cuando decimos que avanzamos. Los conceptos no son inocentes: determinan qué se ve y qué queda fuera del campo visual. Y mientras sigamos pensando con los mismos marcos, seguiremos viendo las mismas cosas.
Referencias
Arendt, H. (2009). La condición humana (R. Gil Novales, Trad.). Paidós. (Obra original publicada en 1958)
Defensoría del Pueblo. (2024). Balance de cifras en materia de protección de derechos humanos 2024. https://www.defensoria.gov.co
Fraser, N. (2015). Fortunas del feminismo. Traficantes de Sueños.
Segato, R. (2016). La guerra contra las mujeres. Traficantes de Sueños.
Sisma Mujer. (2022). Mujeres en el Congreso: periodo 2022-2026. https://www.sismamujer.org