Opinión

Los jinetes de la politiquería en el Tolima: muchos votos, cero resultados

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Por: Henry Arvey Torres Pinilla

En el Tolima no hay escasez de candidatos; hay exceso de politiquería. Lo que se repite elección tras elección no son las soluciones, sino los engaños de campaña, los discursos reciclados y los mismos personajes que piden votos como si nunca hubieran tenido poder, cuando en realidad ya lo han tenido casi todo… excepto resultados.

Son los jinetes de la politiquería: especialistas en pedir confianza, expertos en sobrevivir electoralmente y absolutos novatos a la hora de rendirle cuentas al territorio.

El caso de Carlos Edward Osorio es ilustrativo. Hoy porta el aval del Centro Democrático, pero su trayectoria política muestra una movilidad ideológica que, para muchos ciudadanos y para mi raya en el oportunismo. Pasó de atacar a Álvaro Uribe Vélez cuando fue santista, a votar por Gustavo Petro, y luego a autoproclamarse uribista pura sangre. No es evolución política; es adaptación electoral.

Dentro del propio Centro Democrático, el inconformismo es inocultable. Las bases no solo cuestionan su liderazgo, sino que denuncian que, presuntamente, su ejercicio político se redujo a usar el partido como vehículo personal, particularmente en el manejo de avales durante las elecciones regionales pasadas.

El saldo es claro: fractura interna, militancia inconforme y un partido utilizado como finca electoral donde siempre desconoce los que construimos Uribismo y fundamos el Centro Democrático, a tal punto que presuntamente para nadie es un secreto que ya tiene alianzas con candidatos al Senado de otros partidos y cuenta con un precandidato presidencial diferente al del CD.

Luego está Jaime Yepes, «Lázaro», el político que siempre revive, no por resultados, sino porque alguien decide volver a cargarlo. Su historial es conocido: alianzas que terminan en ruptura, padrinos que terminan traicionados y proyectos colectivos que se convierten en beneficios privados. Hoy reaparece como candidato a la Cámara por el Partido Liberal, no para renovar ni fortalecer, sino —según múltiples lecturas políticas para capturar espacios ajenos y seguir viviendo de la política sin rendir cuentas, su mandado y objetivo principal en esta nueva colectividad es arrebatar la credencial de la doctora Olga B y hacer parte de la dirigencia del partido liberal en comandancia del doctor Mauricio Jaramillo liberal.

Ni siquiera su entorno escapa a este patrón. Su esposa, diputada por el estatuto de oposición , excandidata del Hurtadismo, es señalada de ejercer una oposición simbólica, sin impacto real, sin control político riguroso y sin resultados visibles para el Tolima. Mucho discurso, poca incidencia, mucho hablar a los oídos y poca oralidad en la duma departamental. (La Estrategia del árbol que más de sombra).

A esta galería se suma Marco Emilio Hincapié, hoy disfrazado de opositor. Pero los hechos políticos son tercos: fue diputado de gobierno con aval de oposición, presidente de la Asamblea y parte de las mayorías. ¿Resultados? Ninguno que marque un antes y un después para el departamento. Hoy su campaña se sostiene en atacar administraciones y en atribuirse, de manera indirecta, las supuestas gestiones del ministro Guillermo Alfonso Jaramillo. Liderazgo propio, gestión autónoma y presencia real en el territorio: cero. Muchos votos ayer, ningún legado hoy, su mayor logro y resultado político es su apellido y cercanía con el gobierno nacional, Pero la realidad es que cero logros personales como líder.

Este libreto se repite una y otra vez: falsa oposición, críticas destructivas, campañas de desprestigio y una amnesia selectiva que aparece cuando toca rendir cuentas. Pero cuando llegan las elecciones regionales, todos terminan alineados, de rodillas, con el mismo poder que dicen combatir.

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Ese poder tiene nombre y apellido: Óscar Barreto Quiroga. (El altísimo) Un gran estratega que durante más de veinte años ha sido el gran jugador del ajedrez de la política tolimense. Muchos de los que hoy se presentan como candidatos fueron ayer sus aliados y víctimas de su propio invento (la traición), hoy, esa estructura muestra signos claros de desgaste, están en caída libre y sin paracaídas. El llamado petrobarretismo no es una propuesta: es una estructura agotada, sostenida por el miedo a perder privilegios y por dirigentes incapaces de construir algo distinto y elegidos con los mismos votos.

 

El resultado está a la vista:

Muchas credenciales de la bancada más grande del Tolima
(El Petrobarretismo) muchos votos, mucho silencio, pocos resultados; ningún cambio; mucha campaña, cero transformación.

Hasta los dinosaurios de la política como el doctor Emilio Martínez, quien ahora solo crítica con falsos señalamientos porque ya nadie hace alianzas con su grupo político, porque conocen de sus prácticas politiqueras que solo buscan hoy en día resucitar como Lázaro y el beneficio de vender humo para montar candidatos o realizar alianzas al mejor postor.

El Tolima no necesita más políticos de temporada, más águilas cuaresmeras que solo aparecen en época electoral, prometen el cielo y desaparecen después del conteo. Nuestro país y departamento necesita una política social y transparente, hecha con las botas puestas en el territorio, no desde tarimas ni redes sociales, ni con dobles discursos.

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