Opinión

La realidad como simulacro

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Por: José Julián Ñáñez Rodríguez – director del Doctorado en Ciencias de la Educación de la UT y Alejandra Barrios Rivera – magíster en Educación.

¿Estamos aún en el mundo o sólo en su imagen? Jean Baudrillard no lanzó esta pregunta como una metáfora poética, sino como un diagnóstico certero de una era donde la copia ha devorado al original. Su teoría del «simulacro» describe una condición inédita: hemos llegado al punto donde lo que experimentamos como «real» es una construcción mediática que ha reemplazado cualquier referente auténtico.

Para entender esto, debemos distinguir entre realidad y simulación. La realidad es lo que existe con toda su imperfección, resistencia y opacidad. La simulación por otra parte, es su reproducción técnica que, paradójicamente, termina siendo más perfecta y atractiva que lo original. Por ejemplo, el paisaje natural versus la fotografía de ese paisaje en Instagram con filtros, ajustes de color y encuadre perfecto. Baudrillard observa que llegamos al punto donde preferimos la imagen retocada no solo por su belleza, sino porque nos parece «más real» que la experiencia directa del lugar. La fotografía elimina los insectos, el calor incómodo, los olores desagradables, la impredecibilidad del clima. Nos ofrece una versión depurada de la realidad que, gradualmente, se convierte en nuestro modelo de cómo deberían ser las cosas. Como anticipó Roland Barthes (1964), la fotografía no solo captura un momento, sino que lo momifica, lo convierte en un ‘esto ha sido’ que paradójicamente niega el presente vivo.

Otro ejemplo tácito son las redes sociales, lo que publicamos no es nuestra vida real, sino una versión editada que gradualmente influye en cómo vivimos realmente. Elegimos experiencias porque son «instagrameables». En este sentido, la simulación ya no copia la vida; la vida imita a la simulación.  Esta situación evoca, aunque en sentido inverso, la alegoría platónica. Mientras Platón imaginaba prisioneros que confundían sombras con realidad, nosotros hemos abolido la diferencia misma entre sombras y realidad.

La diferencia crucial con Platón es que ya no hay un «mundo superior» al cual ascender. El simulacro contemporáneo no oculta la verdad: la ha sustituido completamente. «La simulación es exactamente esta gigantesca empresa de desilusión —literalmente: de ejecución de la ilusión del mundo a favor de un mundo absolutamente real» (Vaskes, 2008, p. 203). Paradójicamente, es el exceso de realidad, no su ausencia, lo que liquida lo real. «La ilusión no se opone a la realidad —nos dice—, sino que constituye otra realidad más sutil que surge inmediata del signo de su desaparición» (Baudrillard, 2004, p. 195).

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Aquí emerge una pregunta inquietante: ¿qué es aquello que llamamos «yo» cuando mis recuerdos están almacenados en la nube, mis emociones en stickers y mis ideas filtradas por una red de validaciones digitales? El sujeto mismo se ha convertido en simulacro, en una construcción algorítmica que optimiza su presencia según las demandas del mercado de la atención. Vivimos rodeados de lo que Baudrillard llama «alta definición»: imágenes perfectas, sonido digital sin ruido, información en tiempo real, interacción inmediata. Esta perfección técnica, que Byung-Chul Han (2013) describe como parte de la ‘sociedad de la transparencia’, nos aleja de la realidad porque elimina la ‘ilusión’ que es condición necesaria para que algo sea real. La transparencia total, lejos de revelarnos la verdad, la aniquila.

Es necesario aclarar que dicha ilusión, no constituye un engaño o falsedad, sino esa distancia entre la realidad y su representación, que permite la existencia de ambos. Cuando todo se vuelve inmediatamente disponible, perfectamente visible y totalmente controlable, se pierde esa tensión creativa que constituye la experiencia humana. La ilusión es, paradójicamente, lo que mantiene vivo el mundo.

La invitación entonces es a ejercitar una «sospecha creativa» frente a todo aquello que se nos presenta como inmediatamente real, perfectamente definido o absolutamente transparente, a preguntarnos qué hay detrás de cada imagen que consumimos, qué intereses mueven las plataformas que habitamos, qué versión de nosotros mismos estamos construyendo y para quién. No se trata de rechazar la tecnología, sino de recuperar la capacidad de distinguir entre el momento en que la usamos y el momento en que ella nos usa. Porque en esa delgada línea de conciencia crítica reside nuestra posibilidad de seguir siendo sujetos de nuestra propia existencia y no meros objetos de un simulacro que ya no sabemos quién controla.

Referencias

Barthes, R. (1964). «Retórica de la imagen». En Communications 4, pp. 40-51.

Baudrillard, J. (2004). Por qué la ilusión no se opone a la realidad. CIC. Cuadernos de Información y Comunicación, (9), 193-202.

Han, B. C. (2013). La sociedad de la transparencia. Herder.

Vaskes, I. (2008). La transestética de Baudrillard: simulacro y arte en la época de simulación total. Estudios de Filosofía, (38), 197-219.

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