domingo, 18 de enero de 2026 12:12

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Opinión

La música y la construcción de pertenencia

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Por: José Julián Ñáñez Rodríguez – director del Doctorado en Ciencias de la Educación de la UT y Alejandra Barrios Rivera – magíster en Educación.

«Sin música, la vida sería un error», afirmó Nietzsche (1883). Esto nos revela una verdad fundamental: la música es un dispositivo constructor de identidades mediante el cual las comunidades definen quiénes son y a qué pertenecen. En los festivales musicales, miles de personas convergen no solo para escuchar, sino para experimentar colectivamente un sentido de pertenencia que trasciende sus individualidades. Ese ritual compartido —que suspende la cotidianidad y nos inserta en un tiempo simbólico donde la cultura simultáneamente se experimenta y se construye— coexiste hoy, sin embargo, con otra realidad: millones de jóvenes construyen su identidad musical a través de TikTok, Instagram Spotify y plataformas de streaming, donde el sonido se entrelaza indisociablemente con la imagen y la estética del artista. Esta doble realidad revela que la función identitaria de la música permanece, pero sus mecanismos se han transformado radicalmente.

Bourdieu (1984) advirtió que las preferencias culturales, incluidas las musicales, operan como mecanismos de distinción social; por consiguiente, la música no refleja pasivamente una cultura, sino que participa activamente en su producción. Históricamente, cada comunidad ha construido sus códigos identitarios a través del sonido: el bullerengue porta la memoria afrodescendiente del Caribe colombiano, el bambuco evoca las raíces campesinas andinas, la cumbia sintetiza mestizajes, entre otros otros muchos ritmos que configuran nuestra diversidad. No obstante, en la era digital, estos procesos se han complejizado exponencialmente, las plataformas de streaming han democratizado el acceso a repertorios globales, pero simultáneamente han instaurado nuevas formas de distinción donde la música ya no circula sola: viene acompañada de imágenes y estéticas cuidadosamente curadas que definen tanto como el sonido mismo la pertenencia a determinadas comunidades.

La transformación tecnológica ha reconfigurado radicalmente los criterios mediante los cuales la música genera identidad. Como señalan Guadamud Roldán et al. (2025), las plataformas digitales «han adquirido un papel crucial en la comunicación entre las personas, especialmente entre los adolescentes» que incide directamente en «la construcción de identidad cultural». La música ya no es primordialmente una experiencia auditiva compartida en espacios físicos, sino una experiencia multimodal mediatizada por pantallas. El éxito de un artista contemporáneo depende no solo de su talento musical, sino de su capacidad para construir una marca visual coherente: su apariencia física, sus videoclips, su presencia en redes se vuelven inseparables de su propuesta sonora.

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Esta reconfiguración plantea interrogantes profundos. Por un lado, las plataformas han permitido visibilizar expresiones musicales históricamente marginadas: artistas indígenas, afrodescendientes y campesinos pueden proyectar su música sin mediación de grandes industrias discográficas. Por otro lado, los algoritmos han introducido nuevas formas de homogeneización: ciertos formatos y estéticas visuales son privilegiados sistemáticamente, presionando a los artistas a adaptar sus propuestas a las lógicas del mercado digital. García Canclini (1989) advertía sobre la hibridación como característica definitoria de las culturas latinoamericanas; hoy, esa hibridación opera a velocidades sin precedentes. Ricoeur (2006) estableció que somos las historias que contamos sobre nosotros mismos, y la música sigue siendo vehículo privilegiado de esas narrativas identitarias. Sin embargo, los materiales han cambiado: en el contexto digital, esas narrativas se tejen con hilos tanto sonoros como visuales, donde la imagen del cantante, su físico y su performance en redes se vuelven inseparables de la experiencia musical. Si antes nos reconocíamos en una melodía compartida, hoy lo hacemos en un ecosistema complejo que circula globalmente pero que seguimos apropiando localmente. Esta transformación plantea una paradoja crítica: mientras las plataformas democratizan el acceso, los algoritmos nos encierran en burbujas personalizadas que fragmentan la experiencia comunitaria que históricamente definió a la música como práctica cultural.

Referencias

Bourdieu, P. (1984). Distinction: A social critique of the judgement of taste. Harvard University Press.

Guadamud Roldán, M. Y., Cedeño Guerra, M. S., Piloso Toledo, I. E., Saltos Cedeño, B. M., & Indacochea Quimís, C. A. (2025). Uso de TikTok en la Construcción de Identidad Cultural en Estudiantes de Básica Media. Estudios y Perspectivas Revista Científica y Académica5(3), 3468–3489. https://estudiosyperspectivas.org/index.php/EstudiosyPerspectivas/article/view/1414

García Canclini, N. (1989). Culturas híbridas: Estrategias para entrar y salir de la modernidad. Grijalbo.

Nietzsche, F. (2003). Así habló Zaratustra. (A. Sánchez Pascual, Trad.). Alianza Editorial. (Obra original publicada en 1883-1885).

Ricoeur, P. (2006). Sí mismo como otro. Siglo XXI.