Opinión

La gastronomía en la construcción de cultura

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Por: José Julián Ñáñez Rodríguez – director del Doctorado en Ciencias de la Educación de la UT y Alejandra Barrios Rivera – magíster en Educación.

La identidad cultural se construye sobre múltiples cimientos, y entre ellos, la gastronomía ocupa un lugar fundamental. No se trata simplemente de alimentarnos, sino de un complejo entramado de significados, prácticas y rituales que definen quiénes somos y a qué comunidad pertenecemos. En este sentido, la gastronomía constituye un medio esencial de comunicación cultural mediante el cual se expresan tanto las tradiciones como las particularidades naturales de un territorio. No obstante, su alcance va más allá de la transmisión de recetas o técnicas culinarias; es, ante todo, un vehículo de construcción identitaria y de pertenencia social.

Esta dimensión constructiva se hace visible en lo que Fusté-Forné (2016) denomina «paisajes gastronómicos» o foodscapes: dimensiones sociales, culturales, políticas y económicas vinculadas a la comida que funcionan como «herramientas de cohesión» (p. 7). Estos paisajes no son solo manifestaciones del patrimonio culinario, sino asociaciones intangibles entre un lugar y su comida, creando territorios simbólicos de pertenencia. Los hábitos alimentarios, como señala Nunes dos Santos (2007), se diferencian según condiciones geográficas, climáticas y económicas, pero además se es lo que se come por los hábitos culturales que se adquieren y reproducen a lo largo de la vida y por los significados que se atribuye a los alimentos que se consumen, que se amoldan a cada cultura.

Ahora bien, ¿cómo se materializa concretamente esta construcción de pertenencia a través de la gastronomía? La mesa, como advirtió Simmel (2001), constituye un espacio privilegiado de socialización donde se actualizan y refuerzan los vínculos comunitarios. Cuando las familias se reúnen alrededor de un sancocho dominical, cuando una comunidad celebra sus fiestas patronales con platos específicos, cuando se comparten recetas entre generaciones, no solo se están transmitiendo sabores; se está participando en lo que Anderson (1983) denomina una «comunidad imaginada», es decir, un colectivo que se reconoce a sí mismo como tal a través de prácticas compartidas. La gastronomía se convierte así en un lenguaje común que trasciende diferencias y genera sentido de pertenencia.

En el contexto colombiano, esta dinámica adquiere matices particulares dada nuestra diversidad geográfica y cultural. Cada región ha desarrollado un repertorio gastronómico propio que responde a sus condiciones ambientales, sus procesos históricos y sus intercambios culturales. El Tolima, por ejemplo, ha convertido la lechona y el tamal en más que simples preparaciones alimenticias: son eventos culturales que congregan comunidades, marcan calendarios festivos y definen la identidad regional. Estas elaboraciones no son solo comida: son narrativas culturales que se cocinan, se sirven y se comparten.

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Ahora bien, esta relación entre comida, identidad y territorio no es exclusiva de Colombia. En distintos lugares del mundo, la gastronomía cumple funciones similares como depositaria de memoria y símbolo de cohesión. Cuando reconocemos que Italia se identifica con la diversidad de sus pastas regionales, sus quesos y su tradición vinícola, o que México trasciende el picante con sus complejos moles y su riqueza de maíces ancestrales, comprendemos que la identidad gastronómica es siempre plural, compleja y que no se agota en un solo sabor.

En última instancia, lo que vincula todas estas experiencias es la continuidad cultural que se mantiene a través del tiempo. Los saberes culinarios se aprenden, se reinterpretan y se adaptan, sosteniendo un diálogo constante entre tradición y cambio. En ellos se preservan los significados y valores que configuran nuestra relación con el territorio, recordándonos que cada preparación es también una manera de pertenecer.

Referencias

Anderson, B. (1983). *Imagined communities: Reflections on the origin and spread of nationalism*. Verso.

Fusté-Forné, F. (2016). Los paisajes de la cultura: La gastronomía y el patrimonio culinario. *Dixit, 24*, 4–16. https://doi.org/10.22235/d.v0i24.1170

Santamaría, S. (2002). *La cocina de Santi Santamaría: La ética del gusto*. Everest.

Simmel, G. (2001). *El individuo y la libertad: Ensayos de crítica de la cultura* (S. Mas, Trad.). Península.

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