viernes, 13 de febrero de 2026 18:37

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Opinión

La ansiedad electoral: la crisis silenciosa que Colombia vota cada cuatro años

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Por: Juan Manuel Sánchez

La escena se repite en miles de hogares colombianos, un almuerzo familiar que empieza tranquilo termina en silencio incómodo después de una discusión política, un grupo de WhatsApp que antes compartía chistes ahora es un campo minado de noticias indignadas, personas que se quieren evitan ciertos temas para no pelear, no es exageración, es un síntoma colectivo.

Cada temporada electoral en Colombia activa algo más que campañas, activa un clima emocional tenso que se infiltra en la vida cotidiana, y lo preocupante es que lo hemos normalizado, nos acostumbramos a vivir irritados, ansiosos, hipervigilantes frente a la política, como si fuera el precio inevitable de la democracia.

Las cifras ayudan a dimensionar el fenómeno, según datos del Ministerio de Salud y Protección Social, más de la mitad de los colombianos ha experimentado algún problema significativo de salud mental a lo largo de su vida, y los trastornos de ansiedad y depresión se ubican entre las principales causas de carga de enfermedad en el país; la Organización Mundial de la Salud ha advertido que América Latina enfrenta un aumento sostenido en estos indicadores, y Colombia no es la excepción, estos problemas no surgen en el vacío, se alimentan de incertidumbre económica, violencia histórica y tensión sociopolítica crónica.

Las elecciones funcionan como un amplificador emocional, desde la psicología social sabemos que la identidad política no es solo ideológica, es identitaria, defender a un candidato activa los mismos circuitos cerebrales asociados a la defensa del grupo propio, cuando el debate se radicaliza, el cerebro entra en modo amenaza. el cuerpo libera cortisol, se acelera el pulso, aumenta la tensión muscular; La política deja de ser una discusión racional y se convierte en una experiencia fisiológica.

En un país con una historia atravesada por violencia política, ese mecanismo es aún más potente, Colombia no discute elecciones en abstracto, discute desde una memoria colectiva de conflicto, por eso las campañas no solo generan opiniones; reactivan miedos históricos, desconfianzas profundas y narrativas de supervivencia, la polarización no es solo ideológica… es emocional.

Las redes sociales intensifican el fenómeno, el ecosistema digital premia la indignación y castiga la moderación, el algoritmo no amplifica la calma, amplifica la rabia, la exposición constante a mensajes alarmistas produce fatiga psicológica. Muchas personas reportan insomnio, rumiación mental y agotamiento emocional durante temporadas políticas sin asociarlo directamente con la sobrecarga informativa.

Los efectos se ven en lo cotidiano, amistades tensas, familias fragmentadas, ambientes laborales cargados de silencios estratégicos, padres que dicen a sus hijos “de eso no se habla aquí”, jóvenes que evitan redes porque les generan ansiedad, adultos que sienten que el país está permanentemente al borde del colapso, vivir en alerta política constante es una forma de estrés crónico.

Estos malestares no se explican por una supuesta escasez absoluta de talento humano en salud mental, sino por fallas estructurales en la capacidad resolutiva del sistema de salud; Colombia gradúa miles de psicólogos cada año y cuenta con una red creciente de profesionales; sin embargo, la atención efectiva se ve limitada por barreras de acceso persistentes, autorizaciones fragmentadas, contratación precaria de servicios, tiempos de espera incompatibles con la urgencia clínica y una baja ejecución presupuestal histórica en salud mental; El propio Ministerio de Salud ha reconocido que menos del 3 % del presupuesto sanitario se destina a salud mental, a pesar de la carga creciente de enfermedad asociada a trastornos emocionales y del aumento sostenido en indicadores como ideación suicida, consumo problemático de sustancias y consultas por ansiedad y depresión.

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El resultado es un sistema que existe en el papel, pero responde de manera tardía o insuficiente en la práctica, como profesional en Psicología y defensor de Derechos Humanos, es imposible no señalar que esta situación trasciende lo técnico: la salud mental es un derecho fundamental ligado a la dignidad humana, reconocido en la Ley 1616 de 2013 y en el marco constitucional del derecho a la salud, cuando el sistema falla en garantizar atención oportuna y continua, no estamos ante una simple ineficiencia administrativa, sino ante una vulneración de derechos, en contextos de alta tensión social, como los ciclos electorales, esta fragilidad institucional deja a la ciudadanía emocionalmente expuesta, justo cuando más necesitaría un sistema capaz de sostenerla.

La pregunta incómoda es esta: ¿en qué momento aceptamos que la democracia debía sentirse así? Participar no debería implicar desgaste psicológico extremo, una sociedad emocionalmente agotada no delibera bien, reacciona, y una democracia basada en reacciones viscerales es terreno fértil para la manipulación política, un país ansioso vota desde el miedo, y una nación que decide desde el miedo es más fácil de dividir.

Aquí está la advertencia final… la mayor amenaza electoral para Colombia no es un candidato, sino el estado psicológico en el que estamos llegando a las urnas, si seguimos normalizando el desgaste emocional como parte del debate público, no solo debilitamos la convivencia democrática; erosionamos la salud mental colectiva. Y una democracia sostenida por ciudadanos agotados es una democracia frágil.

¡No basta con defender el voto… también hay que defender la mente de quienes votan!