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El precio de la dignidad: Cuando la política golpea a una familia

Por: Luis Antonio Castro, analista político. Abogado especialista.
César Gaviria podría aprender una lección de los mercados populares de Tolima. Allí, cuando un cliente reclama con razón, el vendedor no castiga a su hermano. Pero en el alto liberalismo colombiano, las reglas son otras. La renuncia de Mauricio Jaramillo —un hombre de raíces liberales tan antiguas como el roble andino del libano— no fue un acto de vanidad. Fue el grito ahogado de quien vio cómo los acuerdos de bases se rompían en Melgar, cómo imponían candidatos por favores oscuros, cómo el partido de sus padres y abuelos olvidaba la palabra dignidad.
Lo que vino después duele en carne propia: Gaviria, en lugar de responder a las críticas, golpeó al hermano ministro. Guillermo Alfonso Jaramillo, el hombre que hoy carga sobre sus hombros la esperanza de miles de pacientes en hospitales públicos, recibe ahora la puñalada de un expresidente. ¿Su pecado? Tener un hermano que se atrevió a desafiar la podredumbre.
El Doble Castigo
Mauricio renunció porque ya no soportaba el olor a podrido. Lo hizo con una carta que temblaba de raza honesta:
«No seré cómplice de la degradación».
En cualquier familia, esa decisión sería un motivo de orgullo. En política, se paga con venganza institucional. Mientras Guillermo Alfonso lucha por salvar vidas —mientras recorre hospitales con médicos exhaustos, mientras intenta que los ancianos no mueran en pasillos—, el director de su propio partido pide su investigación. Gaviria no ataca al ministro: castiga al hermano de quien lo desafió.
La Hipocresía en Cifras
Gaviria habla de «crisis en salud» como si hubiera nacido ayer. Pero:
• La UPC lleva años en terapia intensiva.
• Las EPS agonizan desde mucho antes de este gobierno.
• En sus propias palabras: «parlamentarios liberales son cómplices» del gobierno que hoy critica.
¿Por qué sólo ahora reclama? Porque en Tolima, un hombre llamado Jaramillo puso el dedo en la llaga de su autoritarismo.
El Silencio de los Cómplices
Lo más triste no es la retaliación. Es el murmullo cobarde de los dirigentes liberales. Nadie defiende al ministro. Nadie cuestiona el abuso en Melgar. Nadie recuerda que este partido nació para servir al pueblo, no para proteger cúpulas.
Olga Beatriz González rompió acuerdos locales. Gentil Gómez fue impuesto. Y la dirección nacional miró para otro lado. ¿Cómo explicarles esto a los militantes de a pie que aún creen en la política?
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La Única Luz en el Pantano
Mauricio Jaramillo no es un mártir. Es un tipo concreto que prefirió perder su puesto antes que su brújula. Mientras Gaviria juega ajedrez con fichas humanas, él recordó algo elemental: la política sin humanidad es un cadáver.
Su renuncia no fue derrota. Fue un acto de amor al liberalismo. El mismo amor que hoy lleva a su hermano a soportar ataques mientras salva vidas.
Epílogo: ¿Qué Vale un Apellido?
En gran parte de la nación y en el Tolima profundo, los Jaramillo son sinónimo de lealtad. Hoy, dos hermanos encarnan lo que el liberalismo debería ser:
• Uno renunció por coherencia.
• Otro resiste por vocación de servicio.
Mientras Gaviria entierra su legado en venganzas mezquinas, ellos enseñan que la dignidad no se negocia. El partido que no entienda esto, que no escuche el rumor de los plátanos en la plaza de Melgar ni el jadeo de los enfermos en La Hortúa, merece desaparecer.
Porque al final, en política como en la vida, solo perdura lo que se hace con las manos limpias. Y los Jaramillo entre renuncias y hospitales están lavando con dignidad la herida de un país cansado de podredumbre.
Una última imagen: Mientras Gaviria escribe tuits de acusación, Guillermo Alfonso Jaramillo recorre un hospital público. Allí, una madre le muestra el cuaderno de su hijo enfermo. No sabe nada de venganzas políticas. Solo espera que el ministro no abandone su lucha. Esa es la política que importa.