sábado, 28 de febrero de 2026 10:48

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Opinión

El fin de la tarea escolar: ¿Copiar, pegar o pensar?

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Por: Eder Andrés Ballesteros Ortiz

Imaginen la escena: domingo por la noche, un estudiante recuerda que tiene que entregar un ensayo de tres páginas sobre historia. En lugar de abrir un libro, resignarse al trasnocho o buscar en internet durante horas, abre un chat de Inteligencia Artificial. Escribe una instrucción sencilla y, en exactamente quince segundos, tiene en su pantalla un texto con gramática perfecta y argumentos coherentes. Al día siguiente, el profesor lee el trabajo, sospecha, pero no tiene cómo probar que lo hizo una máquina. El pánico se apodera entonces de las salas de profesores y de las mesas de los comedores en casa: «¿Cómo vamos a educar ahora? ¡Hay que prohibir esto!».

Como ingeniero y educador, veo este pánico generalizado no como una tragedia académica, sino como una crisis necesaria. Intentar prohibir la Inteligencia Artificial en los colegios es tan inútil y no se educa cerrando ventanas: es una batalla perdida contra el futuro. La cruda realidad es que el problema no radica en que la herramienta tecnológica sea demasiado inteligente, sino en que nuestro modelo de evaluación se quedó atascado en el siglo pasado. Si un algoritmo informático puede hacer la tarea de nuestros hijos en diez segundos, la conclusión lógica es escalofriante, pero liberadora: esa tarea, tal como la concebimos hoy, ha dejado de servir.

El ciclo tradicional de «asignar, entregar y calificar» ha perdido todo su sentido. Cuando un estudiante simplemente imprime un texto generado por un algoritmo, estamos presenciando una transacción vacía: una máquina escribiendo para que un humano (el profesor) califique el trabajo de otra máquina. Ante esto, el maestro no puede limitarse a ser un policía anti-plagio. Su rol debe evolucionar drásticamente. El docente ya no puede ser el poseedor absoluto de la información —“Google y la IA han democratizado el acceso a la información—, sino que debe transformarse en un arquitecto del pensamiento. Su labor principal ya no es verificar si un texto está completo, sino enseñarle al alumno a dudar de ese texto prefabricado, a identificar los sesgos de la máquina y a verificar las fuentes.

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Aquí es donde debemos cambiar las reglas del juego. Durante décadas, premiamos al estudiante que funcionaba como un disco duro: el que mejor memorizaba y repetía datos en un examen. El reto de la educación moderna no es enseñarle a los jóvenes a competir con la memoria de la máquina, sino a desarrollar lo que el algoritmo no tiene: criterio, ética y pensamiento crítico. En lugar de pedir un resumen tradicional, pidámosle al alumno que use la IA para generar tres posturas distintas sobre un tema, y que luego, en el aula y mirándonos a los ojos, debata cuál es la más acertada. Cuando dejemos de evaluar papeles y empecemos a evaluar pensamiento, la tarea escolar no habrá muerto: habrá evolucionado.

No nos enfrentamos al fin de la educación, sino a su renacimiento. Esta disrupción tecnológica nos está obligando a volver a lo esencial, al antiguo método socrático de hacer buenas preguntas en lugar de solo dar respuestas automáticas. Bienvenida sea la Inteligencia Artificial a nuestras escuelas y hogares, no para reemplazar la mente de nuestros estudiantes, sino para despertarnos del letargo de la enseñanza repetitiva. Al final, si delegamos en los algoritmos las tareas mecánicas, nos quedará el tiempo, el espacio y la energía para enseñarles a ser, sobre todo, profundamente humanos.