sábado, 21 de febrero de 2026 16:26

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Opinión

Del like al Senado: la política convertida en espectáculo

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Por: Efran Lugo

Lo que hoy ocurre en Colombia no es una anécdota electoral. Es una señal de alerta.

En distintas regiones del país están emergiendo candidaturas que no nacen del trabajo social, del liderazgo comunitario ni de la formación política, sino del número de seguidores en redes sociales. Influencers que, gracias a su visibilidad digital, están convirtiendo su popularidad en capital electoral.

El caso de Pechy Player en la costa es solo uno de los ejemplos más visibles. Su fuerza no proviene de una trayectoria en lo público ni de propuestas estructuradas sobre los problemas del país. Su fuerza proviene del lenguaje del antiestado, de la burla a la institucionalidad, de la narrativa de que la política es una recocha y que cualquiera puede llegar a “hacer lo mismo que los de siempre”.

Y ese discurso, que parece irreverente y atractivo, tiene consecuencias profundas. Porque no se trata solo de una campaña diferente. Se trata de la normalización de la idea de que el Congreso es un escenario de entretenimiento y no el espacio donde se toman decisiones que afectan la economía, la seguridad, el campo, la educación y el futuro de millones de colombianos.

Lo más preocupante es que este fenómeno no es ideológico. No pertenece a la derecha ni a la izquierda. También hemos visto figuras del sector alternativo que, como el caso de Wally, reconocen abiertamente que existe un “nicho” electoral construido desde las redes, desde la identidad digital y desde la conexión emocional con audiencias específicas.

La política se está fragmentando en comunidades digitales, donde importa más la fidelidad al personaje que la evaluación de sus propuestas.

Y aquí está el verdadero riesgo: muchos de estos influencers llegan al poder sin estructura, sin equipo técnico, sin conocimiento del funcionamiento del Estado y, sobre todo, sin un proyecto político claro. Una vez en el Congreso, quedan expuestos a la realidad del poder. Y es ahí donde la historia reciente nos ha mostrado el patrón: terminan alineándose con quien les ofrezca respaldo, visibilidad o beneficios.

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Porque el influencer puede ganar solo la elección, pero no puede gobernar solo.

El resultado suele ser el mismo: figuras que prometían independencia terminan votando en bloque con maquinarias tradicionales, negociando su posición o desapareciendo del debate legislativo. Mucho ruido en campaña, poco impacto en el ejercicio del cargo.

Mientras tanto, el electorado que votó por autenticidad termina representado por improvisación.

Este fenómeno también revela una crisis más profunda: el desprestigio de la política tradicional ha abierto la puerta a la antipolítica. Y la antipolítica, cuando se convierte en poder, no fortalece la democracia; la debilita. Porque reemplaza la deliberación por la emoción, el conocimiento por la opinión y la responsabilidad pública por la lógica del contenido.

No se trata de negar que un influencer pueda ser un buen legislador. La democracia permite que cualquier ciudadano aspire y eso es sano. El problema no es el origen en redes sociales. El problema es cuando la popularidad reemplaza la preparación, cuando los seguidores sustituyen la experiencia y cuando el carisma se impone sobre la capacidad.

Colombia necesita renovación política, sí. Pero renovación no significa improvisación.

Gobernar no es hacer contenido.

Legislar no es generar engagement.

Y representar al país no puede depender del algoritmo.

Si el criterio para llegar al Congreso es la viralidad, el riesgo es claro: pasaremos de elegir representantes a elegir personajes.

Y cuando la política se convierte en espectáculo, la democracia deja de ser un proyecto colectivo para convertirse en un show.