Opinión
¿De dónde vienen nuestras opiniones?
Por: José Julián Ñáñez Rodríguez – director del Doctorado en Ciencias de la Educación de la UT y Alejandra Barrios Rivera – magíster en Educación.
¿Son realmente nuestras las opiniones que creemos propias? Cuando emitimos un juicio sobre algo o alguien, solemos asumirlo como propio, como el resultado de un razonamiento libre y consciente; sin embargo, detrás de cada juicio hay una historia que no siempre recordamos, una serie de experiencias, aprendizajes y certezas heredadas que operan mucho antes de que la razón tenga tiempo de intervenir. Los aprendizajes tempranos, las figuras de autoridad que moldearon la infancia, los traumas que dejaron una forma particular de leer el mundo y las comunidades que enseñaron, sin decirlo explícitamente, qué es normal y qué no lo es; todo eso está ahí, trabajando silenciosamente, cada vez que juzgamos. La pregunta que raramente nos hacemos no es qué opinamos sino desde dónde lo hacemos.
Para nombrar este fenómeno Kant (1781) señaló que existe una diferencia fundamental entre el juicio a priori, el que precede a la experiencia e independiente de ella, y el juicio a posteriori, el que emerge de la observación y la evidencia; y que el pensamiento humano opera con frecuencia en el primer registro sin advertirlo. Gadamer (1977) profundizó esa intuición desde otro ángulo al sostener que esos esquemas previos no son una distorsión del pensamiento sino su condición de posibilidad, pues no podemos comprender nada desde la nada porque siempre interpretamos desde un horizonte de expectativas, valores y creencias construido a lo largo de la vida. Juzgamos desde todo eso, y con frecuencia sin saberlo; lo que creemos que es una conclusión propia es muchas veces un eco de algo que aprendimos antes de tener palabras para nombrarlo.
Lo que hace especialmente relevante la lectura de Gadamer en el momento actual es su señalamiento sobre la pluralidad de horizontes. El problema no es que tengamos esquemas previos desde los cuales juzgamos, pues todos los tenemos y no podríamos prescindir de ellos; el problema es que desconocemos que hay otros igualmente válidos, construidos desde experiencias distintas, con otras referencias y otras certezas. Esa impermeabilidad ante la diferencia es, en el fondo, lo que dificulta la convivencia; no la diferencia en sí misma sino la incapacidad de reconocer que existe y que tiene una historia que la explica. Ampliar el propio horizonte no es entonces un gesto de generosidad abstracta sino la condición mínima de toda comprensión genuina, porque comprender no es proyectar sobre el otro los propios esquemas sino dejarse interpelar por los suyos.

Ante la pregunta por el origen de nuestras opiniones Clifford (1877) sostuvo que es moralmente incorrecto creer algo sin evidencia suficiente; sin embargo, la versión contemporánea de ese principio es más matizada e incómoda. Al respecto, Kovacevic et al. (2024) mostraron que la responsabilidad no depende solo de lo que se hace sino de las intenciones epistémicas que lo preceden, de manera que quien emite un juicio sin haberse tomado el trabajo mínimo de examinarlo incurre también en una forma de responsabilidad moral, aunque el daño no haya sido intencional. Allard y Clavien (2024) añadieron, en esa misma dirección, que la integridad epistémica — la capacidad de distinguir entre lo que se siente verdadero y lo que puede demostrarse — no es un don reservado a especialistas sino una práctica que cualquier persona puede desarrollar si está dispuesta a incomodarse con sus propias certezas.
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Por ende, revisar los propios esquemas mentales implica reconocer que parte de lo que creemos puede estar equivocado, que algunos de nuestros juicios más arraigados vienen de lugares que no elegimos y que convivir con otros exige encontrar puntos de encuentro que no siempre coinciden con las propias convicciones previas. Una sociedad que no se hace esa pregunta no está pensando; está reaccionando. Y la diferencia entre ambas cosas, aunque a veces parezca sutil, lo cambia todo.
Referencias
Allard, A., & Clavien, C. (2024). Teaching epistemic integrity to promote reliable scientific communication. Frontiers in Psychology. https://doi.org/10.3389/fpsyg.2024.1308304
Clifford, W. K. (1877). The ethics of belief. Contemporary Review, 29, 289–309.
Gadamer, H.-G. (1977). Verdad y método. Sígueme. (Obra original publicada en 1960)
Kant, I. (1781). Crítica de la razón pura. Taurus. (Obra original publicada en 1781)
Kovacevic, K. M., Bonalumi, F., & Heintz, C. (2024). The importance of epistemic intentions in ascription of responsibility. Scientific Reports. https://doi.org/10.1038/s41598-023-50961-0