domingo, 18 de enero de 2026 07:13

Connect with us

Opinión

Cultura Digital: Entre el Cultivo del Espíritu y la Cosecha de Datos

Published

on

Por: José Julián Ñáñez Rodríguez – director del Doctorado en Ciencias de la Educación de la UT y Alejandra Barrios Rivera – magíster en Educación.

La palabra cultura proviene del latín colere, que significa cultivar, habitar y honrar (Williams, 2015). Cuando Cicerón describió —la filosofía es el cultivo del alma—, estableció una metáfora fundacional: así como el agricultor labra la tierra, el ser humano cultiva su espíritu-. Esta imagen contenía una intuición profunda: la cultura es un proceso deliberado, temporal y esencialmente humano de transformación. Desde entonces, la pregunta por la cultura ha sido, en el fondo, una pregunta por los modos en que nos hacemos humanos.

Sin embargo, fue Tylor (1871) quien ofreció la definición que dominaría el pensamiento antropológico del siglo XX al establecer la cultura es ese todo complejo que incluye conocimiento, creencias, arte, moral, derecho, costumbres y cualesquiera otras capacidades adquiridas por el hombre como miembro de la sociedad. Esta concepción holística asumía que la cultura se transmitía de generación en generación mediante procesos sociales relativamente estables, cara a cara, en comunidades delimitadas geográficamente.

No obstante, esta estabilidad conceptual comenzó a erosionarse cuando Geertz (2003) transformó esta perspectiva al concebir la cultura no como un catálogo de rasgos, sino como «sistemas de significación» mediante los cuales las personas interpretan su experiencia y orientan su acción convirtiendo así a la cultura en texto, símbolo, trama de sentido que debe ser interpretada. Precisamente en esa línea, García Canclini (2001) diagnosticó la emergencia de culturas híbridas, caracterizadas por procesos socioculturales en los que estructuras o prácticas discretas, que existían en forma separada, se combinan para generar nuevas estructuras, objetos y prácticas. Las fronteras culturales se volvieron porosas, zonas de intercambio y reconfiguración que la digitalización ha intensificado exponencialmente.

Le puede interesar: Tensiones contemporáneas en la formación continua de maestros

Reflexionando al respecto, despertamos un día cualquiera, revisamos notificaciones, consumimos contenidos seleccionados por algoritmos, escuchamos música sugerida por inteligencia artificial, interactuamos en plataformas que registran cada clic, cada pausa, cada preferencia. Al final del día, habremos sido clasificados, perfilados y predichos por sistemas que determinan qué versión de la realidad veremos mañana. Incluso nuestras prácticas culturales más tradicionales —un festival, una celebración religiosa, una reunión familiar— se transforman en contenido para ser fotografiado y expuesto en redes sociales, donde su valor ya no reside en la experiencia compartida, sino en los likes y el alcance que generen. La cultura se vuelve performance digital cuyo significado depende más de su viralidad que de su arraigo comunitario.

La dimensión más radical de esta transformación reside en el papel de la IA como agente activo en la producción cultural. Al respecto, Zuboff (2019) ha documentado el auge del «capitalismo de vigilancia», donde los datos culturales —gustos, creencias, afectos— se extraen, procesan y monetizan sin consentimiento genuino. Aquí radica la inversión de la metáfora ciceroniana: mientras el cultivo del alma implicaba trabajo consciente y autónomo, la cultura algorítmica opera mediante cosecha automatizada de datos para moldear conductas e identidades sin reflexión crítica. No cultivamos nuestro espíritu; somos cultivados por algoritmos.

Paradójicamente, este proceso genera simultáneamente homogeneización y fragmentación. Por una parte, las plataformas globales estandarizan narrativas y estéticas mediante el efecto de red y los trending topics que uniformizan el gusto a escala planetaria. Por otra, han permitido la emergencia de microidentidades y nichos culturales hiperspecializados que desafían cualquier noción de cultura común o compartida. Entre estos dos extremos, sería ingenuo negar que en los espacios digitales se construyen formas genuinas de cultura, pues existen lenguajes compartidos, rituales colectivos, memorias comunes, sistemas de valores que, aunque mediados algorítmicamente, son experimentados como auténticos por quienes participan en ellos.

Finalmente, es necesario reconocer esta realidad sin renunciar a la vigilancia crítica sobre los procesos que la estructuran, pues la cultura digital existe, pero debemos preguntarnos constantemente quién la diseña, a quién beneficia, qué voces amplifica y cuáles silencia. Así las cosas, el cultivo del espíritu en el siglo XXI exige desarrollar alfabetizaciones críticas que nos permitan no solo consumir cultura algorítmica, sino comprender, cuestionar y transformar los códigos que la generan.

Referencias

Cicerón, M. T. (1971). Tusculanae disputationes. Harvard University Press.

García Canclini, N. (2001). Culturas híbridas: Estrategias para entrar y salir de la modernidad. Paidós.

Geertz, C. (2003). La interpretación de las culturas. Gedisa.

Tylor, E. B. (1871). Primitive culture: Researches into the development of mythology, philosophy, religion, art, and custom. John Murray.

Williams, R. (2015). Keywords: A vocabulary of culture and society. Oxford University Press.

Zuboff, S. (2019). The age of surveillance capitalism: The fight for a human future at the new frontier of power. PublicAffairs.