Política
Guerra fría conservadora en Cajamarca: la terna ficticia y la disputa por el aval
Maniobras familiares, fisuras internas y una estrategia de descrédito marcan el pulso en el Partido Conservador para definir al sucesor de la Alcaldía en la despensa agrícola.
A un año de las elecciones locales, en el municipio de Cajamarca se libra una silenciosa batalla por el control del Partido Conservador. Lo que para la opinión pública intenta presentarse como un proceso de consenso democrático e incluyente, en los pasillos del poder local no es más que un elaborado juego de espejos y humo diseñado para garantizar el heredero de la actual administración.
La colectividad azul en el municipio no enfrenta una simple fisura: padece una fragmentación en cuatro bandas que amenaza con hacer volar por los aires la hegemonía del barretismo en la despensa agrícola.
Las cuatro esquinas del tablero azul
El panorama dentro del conservatismo cajamarcuno se divide hoy entre herencias, disidencias y pesos propios:
- El oficialismo (barretismo duro): Representado por el alcalde Camilo Valencia y su círculo de hierro, cuyo candidato natural y de corazón no es otro que su primo, Diego Valencia.
- El «Maticismo» (La disidencia barretista): Alineado con la corriente que orienta desde la Gobernación Adriana Magali Matiz, que empuja con fuerza la figura de Raúl Rendón.
- El ala Yepista: Resguardada bajo el alero del exrepresentante a la Cámara Gerardo Yepes, que respalda la figura de Juan José Ospina Marín.
- La carta con peso propio: Gustavo Roa Torres, exconcejal en dos oportunidades, un dirigente que, a diferencia de las demás fichas, ostenta trayectoria, autonomía y un perfil que genera respeto (y temor) en los pasillos de la Alcaldía.
La estrategia de la «terna ficticia» y el señuelo de Claudia Marín
Conscientes de que la candidatura de Diego Valencia arranca golpeada por el desgaste natural del gobierno actual, las «propias tropas» de la administración local saben que sus bases se resisten tajantemente a respaldar a un candidato externo. Para amortiguar el impacto y simular legitimidad, el oficialismo ha desplegado una astuta jugada publicitaria a través de portales aliados: poner a sonar una «presunta terna».

En dicha terna aparecen el exsecretario de Gobierno y Planeación, Cristian Dorado, y la exsecretaria de Hacienda, Claudia Marín, acompañando al candidato real de la casa: Diego Valencia.
Pero el verdadero propósito tras la figura de Claudia Marín no es otorgarle espacio de poder a la exfuncionaria, sino utilizarla como una candidata orientada a neutralizar a dos contendores de un solo golpe:
- Contra Juan José Ospina Marín: Por el lazo de consanguinidad directa que los une, buscando condicionarlo o acusar división familiar.
- Contra Gustavo Roa Torres: Por la cercanía de Marín con el entorno familiar de la esposa de Roa.
Con esta maniobra, la maquinaria municipal busca desincentivar a ambos precandidatos, bajarle la caña a sus aspiraciones y generar un mensaje de fricción interna en sus círculos más íntimos. Todo para que, al final del ejercicio, el telón caiga y la presunta «terna democrática» se decante por Diego Valencia.
El temor a Gustavo Roa y la estrategia de la estigmatización
Si a algún contendor le teme la estructura oficialista es a Gustavo Roa Torres. La razón es simple: Roa no requiere del oxígeno del presupuesto municipal para existir políticamente. Su seriedad, trayectoria en el Concejo y liderazgo le otorgan un peso propio del que carece la propuesta del Primo del alcalde.
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Ante la imposibilidad de derrotarlo en el terreno de las propuestas o la gestión, el oficialismo ha activado una campaña de descrédito y estigmatización en su contra basada en dos premisas:
- El supuesto veto de Barreto: Propagar la versión de que el senador Óscar Barreto Quiroga jamás le otorgaría el aval a Roa por su origen e historial en sectores alternativos y en el Polo Democrático.
- La foto como proyectil: La difusión masiva de una fotografía en la que Roa aparece durante una campaña presidencial junto al expresidente Gustavo Petro, acompañado por los exconcejales del Polo, pretendiendo encasillarlo y restarle credibilidad ante las bases más sectarias del conservatismo.
El efecto bumerán
Sin embargo, en el ajedrez político local los disparos suelen desviarse. Al recurrir a ataques personales, golpear la fibra familiar e intentar inhabilitar moralmente a dirigentes con trayectoria, la maquinaria oficialista puede estar cometiendo un error de cálculo.
En lugar de arrinconar o «bajarle la caña» a Gustavo Roa, la campaña de señalamientos está logrando el efecto contrario: subirle el precio a su candidatura, victimizarlo ante la opinión pública y envalentonarlo para consolidar una aspiración decidida a ir hasta las últimas consecuencias, ya sea disputando el aval azul o capitalizando el descontento de la disidencia.
La jugadita de la terna ficticia apenas comienza, pero en Cajamarca todos saben que, cuando se abran las urnas, el humo de las bengalas políticas no bastará para tapar las grietas de un partido profundamente dividido.
