Opinión
La inteligencia en tiempos de Inteligencia Artificial IA
Por: José Julián Ñáñez Rodríguez – director del Doctorado en Ciencias de la Educación de la UT y Alejandra Barrios Rivera – magíster en Educación.
El debate más urgente sobre inteligencia en nuestro tiempo no es si las máquinas pueden pensar. Es si nosotros seguimos haciéndolo. Según el Informe del Índice de IA de Stanford (2025), la inversión corporativa global en inteligencia artificial alcanzó los 252.300 millones de dólares en 2024, un aumento del 26% respecto al año anterior. El debate que acompaña esas cifras gira casi exclusivamente sobre los riesgos de la IA, si puede volverse autónoma, si eliminará empleos, si amenaza la privacidad o la democracia. Son preguntas legítimas; pero hay una que brilla por su ausencia. Nadie pregunta qué le está pasando a la inteligencia que creó todo esto.
Definir la inteligencia humana ha sido siempre una tarea incómoda, y ese malestar no es un accidente. Marina (2000) argumentó que la inteligencia no es una facultad única ni medible en una sola dimensión sino un sistema complejo que incluye la capacidad de resolver problemas, pero también de plantearlos, de crear metas, de actuar con libertad dentro de la incertidumbre, de construir un proyecto propio. No es lo que tenemos, escribió Marina, sino lo que hacemos con lo que tenemos. Morin (1999) añadió que el pensamiento complejo es justamente aquello que resiste la simplificación; que la inteligencia genuina no calcula, sino que contextualiza, relaciona y reconoce la incertidumbre como parte constitutiva del conocimiento. Si ni siquiera se ha logrado un acuerdo sobre qué es la inteligencia humana, la pregunta inevitable es con qué criterio estamos construyendo su equivalente artificial, y qué parte de ella estamos dejando fuera sin advertirlo.
La inteligencia artificial hace muchas cosas extraordinariamente bien. Procesa, optimiza, predice y genera a velocidades y escalas que ningún cerebro humano puede igualar, y esos logros son genuinos. Pero Arendt (2009) distinguió, en La condición humana, entre el pensamiento y el conocimiento, entre la capacidad de acumular y procesar información y la capacidad de juzgar, de preguntarse el para qué, de actuar con responsabilidad moral en el espacio público. La IA ejecuta dentro de los parámetros que le fueron dados, no se detiene a preguntarse si debería, no experimenta la duda como condición del pensamiento sino como error a corregir. Esa no es una diferencia técnica; es una diferencia de naturaleza. Y la crisis más profunda de nuestro tiempo no es de información sino precisamente de juicio, de esa capacidad de deliberar que Arendt consideraba irreductiblemente humana.
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Un estudio reciente del MIT Media Lab — el laboratorio de medios del Instituto Tecnológico de Massachusetts — ofrece una señal que vale la pena atender, aunque sus autores advierten que sus resultados son preliminares y requieren mayor investigación. Kosmyna et al. (2025) trabajaron durante cuatro meses con 54 participantes divididos en tres grupos, quienes usaban IA, quienes usaban motores de búsqueda y quienes trabajaban sin herramientas digitales, midiendo la actividad cerebral mediante electroencefalografía durante tareas de escritura. Los participantes que usaron exclusivamente IA mostraron la conectividad neural más débil, menor retención de memoria y menor sentido de autoría sobre su propio trabajo. Más revelador aún fue lo que ocurrió cuando esos participantes intentaron trabajar sin IA en una sesión posterior: su actividad cerebral no se recuperó de inmediato.

Los investigadores denominaron ese fenómeno deuda cognitiva, la acumulación gradual de deterioro en las capacidades de pensamiento crítico como resultado del uso sistemático de herramientas que resuelven en lugar de quien las usa. Han (2023), había señalado algo similar; las sociedades contemporáneas han reemplazado progresivamente la reflexión por la reacción, la contemplación por la estimulación, el pensamiento profundo por el procesamiento rápido. Lo que el estudio del MIT Media Lab aporta, con todas sus limitaciones, es una primera aproximación neurológica a esa intuición.
El verdadero desafío que esta época no está discutiendo no es si la IA puede volverse más inteligente que nosotros; es si nosotros estamos dejando de serlo sin notarlo. El riesgo que nadie vigila no viene de una máquina que escapa al control humano sino de algo más silencioso, perder gradualmente la capacidad de ejercer ese control, no porque la IA nos supere sino porque dejemos de ejercitar la inteligencia que hace falta para supervisarla, cuestionarla y decidir qué queremos que haga. Marina (2004) lo diría de otro modo, la inteligencia no es lo que tenemos sino lo que hacemos con lo que tenemos. Y lo que estamos haciendo con ella, en este momento, merece más atención de la que le estamos dedicando.
Referencias
Arendt, H. (2009). La condición humana (R. Gil Novales, Trad.). Paidós. (Obra original publicada en 1958)
Han, B.-C. (2023). La crisis de la narración. Herder.
Kosmyna, N., Hauptmann, E., Yuan, Y. T., Situ, J., Liao, X.-H., Beresnitzky, A. V., Braunstein, I., & Maes, P. (2025). Your brain on ChatGPT: Accumulation of cognitive debt when using an AI assistant for essay writing task. MIT Media Lab. https://www.media.mit.edu/publications/your-brain-on-chatgpt/
Marina, J. A. (2000). El vuelo de la inteligencia. Plaza & Janés.
Marina, J. A. (2004). La inteligencia fracasada. Anagrama.
Morin, E. (1999). Los siete saberes necesarios para la educación del futuro. UNESCO.
Stanford HAI. (2025). Artificial intelligence index report 2025. Stanford University. https://hai.stanford.edu/ai-index/2025-ai-index-report