Opinión
El Bulevar de la Quinta, la discusión que Ibagué no ha querido dar
Por: Juan Esteban Espinel Díaz
Durante años, la Carrera Quinta ha sido mucho más que una vía, es el termómetro de Ibagué. Por allí pasan las marchas, el comercio, el transporte, las quejas y también las esperanzas de una ciudad que quiere verse distinta. Por eso, hablar del Bulevar de la Quinta no es solo discutir una obra de infraestructura; es debatir qué tipo de ciudad queremos construir.
La pregunta de fondo no debería ser si el bulevar “gusta o no gusta”, sino si es conveniente para Ibagué desde una perspectiva urbana, económica y social. Y cuando se analiza con algo de distancia, lejos del ruido político, la respuesta apunta a que sí, es conveniente, siempre que se haga bien, se explique mejor y se gestione con responsabilidad.
Las ciudades que hoy compiten por inversión, turismo y calidad de vida han entendido algo básico, el espacio público ya no es un lujo, es una necesidad. Las vías pensadas exclusivamente para los carros están quedando atrás. Los bulevares, corredores peatonales y ejes comerciales abiertos no solo mejoran la movilidad, sino que revitalizan la economía urbana, dignifican el entorno y recuperan la vida de barrio.
Ibagué no es la excepción. La Quinta concentra comercio, servicios, entidades públicas, bancos y restaurantes. Sin embargo, durante años ha sido un corredor hostil para el peatón, algo caótico para el conductor y poco amable para el ciudadano común. Transformarla en un bulevar no es un capricho estético; es una actualización urbana que la ciudad viene postergando.
Uno de los principales temores frente al proyecto ha sido el impacto en la movilidad. Es un miedo comprensible, pero no definitivo. La experiencia en otras ciudades demuestra que cuando se reorganiza el espacio, se mejoran rutas alternas y se fortalece el transporte público, el tráfico no colapsa, se redistribuye. El problema no es quitar carriles; el problema es no planear qué pasa después.
En el plano económico, el bulevar puede convertirse en un motor de reactivación. Más peatones significan más vitrinas vistas, más consumo local y más oportunidades para pequeños y medianos comerciantes. Eso sí, este beneficio no es automático, requiere acompañamiento, diálogo con los comerciantes y reglas claras para evitar que la informalidad desborde el espacio recuperado.
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Otro punto clave es la seguridad. Un espacio público vivo, iluminado y transitado es, por definición, más seguro que uno abandonado y dominado por el caos. El bulevar puede ayudar a cambiar la dinámica de algunos tramos de la Quinta que hoy generan sensación de inseguridad, siempre y cuando se complemente con presencia institucional y control efectivo.

Pero quizás el mayor valor del Bulevar de la Quinta está en lo simbólico. Ibagué necesita creer en los proyectos de ciudad, no solo en las obras sueltas. Necesita señales claras de que puede pensarse a largo plazo, que puede modernizarse sin perder su identidad, que puede apostar por espacios donde la gente quiera quedarse y no solo pasar.
Eso no significa que el proyecto esté exento de críticas. Las hay, y son válidas, los costos, las prioridades, el diseño, la ejecución y la socialización. El error no es cuestionar; el error es reducir el debate a estar a favor o en contra, sin matices ni argumentos. Una ciudad madura discute cómo mejorar los proyectos, no cómo enterrarlos.
La conveniencia del Bulevar de la Quinta dependerá, en últimas, de tres cosas: una planeación seria, una ejecución responsable y una comunicación honesta con la ciudadanía. Si falla alguna de esas, la obra se convertirá en otro motivo de frustración. Si se cumplen, puede marcar un antes y un después en la forma como Ibagué entiende su espacio urbano.
El verdadero riesgo no es transformar la Quinta. El riesgo es quedarnos quietos y seguir creyendo que la ciudad puede avanzar sin cambiar. Ibagué ha perdido décadas discutiendo si puede ser distinta. Tal vez ha llegado el momento de preguntarse no si el bulevar es conveniente, sino si la ciudad puede darse el lujo de no intentarlo.