domingo, 18 de enero de 2026 07:22

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Opinión

El amor como acto de amistad

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Por: José Julián Ñáñez Rodríguez – director del Doctorado en Ciencias de la Educación de la UT y Alejandra Barrios Rivera – magíster en Educación.

En este mes en que celebramos el amor y la amistad, conviene detenernos a pensar, más allá de las fiestas o los gestos simbólicos, qué entendemos realmente por estos vínculos. Tal vez no exista una respuesta única ni definitiva, pero sí reflexiones que nos invitan a explorar su sentido más profundo. Más que verlos como realidades separadas el amor por un lado y la amistad por otro podemos comprenderlos como expresiones distintas de una misma capacidad: la de reconocer y acoger al otro sin pretender poseerlo ni domesticarlo.

Al respecto, Conviene cuestionar una creencia arraigada: que el amor es pasión y la amistad es serenidad. Esta distinción, heredada del romanticismo, nos impide ver que tanto en el amor como en la amistad operan las mismas dinámicas de poder, posesión y control. Llamamos «amor» a lo que frecuentemente es una sofisticada forma de apropiación del otro, y denominamos «amistad» a lo que suele ser una alianza de conveniencias mutuas.

La investigadora Anna Goldfarb (2024) ha documentado lo que denomina el fenómeno de la «amistad ambigua» en la sociedad contemporánea. Sus hallazgos revelan una paradoja inquietante: las amistades ahora se sienten ambiguas precisamente porque hemos perdido la capacidad de distinguir entre vínculos auténticos y transacciones emocionales disfrazadas de afecto. Esta ambigüedad no es casualidad; es síntoma de una sociedad que ha instrumentalizado tanto el amor como la amistad.
Para comprender esta instrumentalización, es necesario retomar la distinción aristotélica entre los tres tipos de amistad: la amistad por placer, la amistad por utilidad y la amistad virtuosa (Aristóteles, 2007). La primera busca la gratificación inmediata, la segunda persigue beneficios concretos, y solo la tercera se fundamenta en el reconocimiento mutuo de la excelencia moral del otro. En nuestra época, las dos primeras modalidades han colonizado casi completamente nuestras relaciones, incluyendo aquellas que nominalmente llamamos «amor».

Esta colonización instrumental de los afectos se hace evidente en la paradoja contemporánea de la soledad compartida. La soledad contemporánea no es ausencia de contacto, sino ausencia de profundidad; tenemos cientos de «contactos», pero carecemos de vínculos que nos transformen. La pregunta entonces no es ¿cuántas personas conocemos o con cuantas interactuamos en redes sociales?, sino ¿con cuántas personas podemos ser vulnerables sin temor a ser instrumentalizados?
Podemos afirmar, entonces, que, el amor auténtico es un acto de amistad porque renuncia a la posesión, y la amistad verdadera es un acto de amor porque asume el riesgo de la entrega. Ambos comparten una característica fundamental: la disposición a ser transformado por el encuentro con el otro. Pues, los vínculos más auténticos son aquellos que no buscan completarse a través del otro, sino reconocer la irreductible alteridad del otro. No amamos a alguien porque nos «completa», sino porque su diferencia nos inquieta y nos transforma.

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Ahora bien, estas dinámicas se revelan con particular claridad en el ámbito educativo, donde se traducen en estudiantes hiperconectados, pero emocionalmente aislados, en docentes que mantienen distancia «profesional» para evitar conflictos, y en comunidades educativas que funcionan como agregados de individuos más que como espacios de encuentro genuino. Las instituciones educativas enfrentan la desaparición progresiva de la amistad y el amor como fundamento de la relación pedagógica.

Finalmente, sería conveniente pensar el acto educativo como un acto de hospitalidad: acoger al otro sin preguntarle de antemano quién es o qué puede ofrecer. Esta hospitalidad no equivale a permisividad ni a ausencia de límites; al contrario, es lo que hace posibles los límites auténticos, aquellos que nacen del respeto mutuo y no de la imposición externa. Esto significa crear espacios donde estudiantes y docentes puedan encontrarse como personas, no solo como portadores de roles institucionales. Repensar la educación como hospitalidad no es un gesto romántico, sino una exigencia política y ética que nos invita a pensar ¿Qué lugar le estamos dando al amor y a la amistad más allá de las fechas especiales?

Referencias

Aristóteles. (2007). Ética a Nicómaco (J. Marías & M. Araújo, Trads.). Gredos. (Trabajo original publicado ca. 350 a. C.).
Goldfarb, A. (2024). Modern friendship: How to nurture our most valued connections. Sounds True.